Mientras el joven recibía todos los saludos de bienvenida por parte de su familia y de sus criados, Bernard se retiró unos metros como no queriendo molestar en aquel momento tan especial, hasta que Rodrigo se dio cuenta y le dijo con la mano que se acercara.

—Este es Bernard, un buen amigo al que tengo que llevar hasta Ponferrada. Como puedes imaginarte, ellos son mis hijos y Elvira es mi mujer.

Bernard saludó a la familia de Rodrigo con una ligera inclinación de su cabeza mientras todos iban accediendo a las estancias interiores del palacio.

—¿A Ponferrada? —Dijo ella —, o sea, que vuelves a ausentarte.

—No me queda más remedio, pero estaré con vosotros unos días antes de volver a marcharme.

—A ver, ¿qué es este revuelo que se ha organizado? —se oyó que decía una voz grave que salía del interior.

—¡Padre! —dijo el joven.

—¡Rodrigo, hijo mío!

—Padre, quiero presentarle a mi buen amigo Bernard, está bajo mi protección y he de llevarle sin contratiempo hasta Ponferrada, él es Sancho, mi padre

—Pues se bienvenido —dijo el anciano —los amigos de mi hijo siempre son bien recibidos en esta casa.

—Estaréis hambrientos —dijo Elvira mientras hacía señas a una de las criadas para que fuera preparándoles la comida —nosotros hemos comido hace un rato, si hubiéramos sabido de vuestra llegada os habríamos esperado.

—Estaba tan ansioso por llegar, que casi no hemos probado bocado.

—Pues no se hable más —dijo el anciano —asearos mientras se va poniendo la comida y ya nos contarás lo que has hecho los días que has estado ausente.

Rodrigo acompañó a Bernard a un amplio cuarto donde solían alojar a los huéspedes distinguidos que se alojaban en su casa. Ordenó a uno de los siervos que le trajera agua para que se aseara y luego fuera a por todas las cosas que había sobre la mula y las dejara en el cuarto.

Se volvieron a reunir en un salón donde habían dispuesto varias fuentes con viandas que atrajeron enseguida la atención de los recién llegados.

Isabel, la madre de Rodrigo, también se había incorporado, era quizá la que más echaba en falta a su hijo ya que no se había acostumbrado todavía a sus ausencias, se puso cerca de él, contemplándolo con una admiración propia de las personas que sienten devoción por alguien. Para ella su hijo era lo que más le enorgullecía, porque se había educado bajo las pautas que estableció cuando era pequeño y él había sabido corresponder con creces a la educación recibida y, sobre todo, al cariño que su madre siempre le había mostrado.

Mientras iban comiendo, Rodrigo les fue poniendo a todos al corriente de lo que había hecho desde que salió de casa. Lo hizo a grandes rasgos, sin entrar en detalles pues estos no interesaban tanto a su familia y había aprendido que la discreción es importante mantenerla en todo momento.

También les habló de su última misión, la que estaba haciendo en ese momento. Dijo que era un encargo personal del Maestre del Reino y por el tono que le dio a sus palabras, supusieron que se trataba de algo importante, pero conocían bien a Rodrigo y no preguntaron más, sabían que él les informaría en su momento de lo que pudiera contarles.

Bernard vio en aquella familia una armonía especial y pensó en la suya, si el destino no hubiera sido tan cruel e injusto, podría haber sido lo mismo que la que ahora estaba contemplando.