Rodrigo no era capaz de responder a todas las preguntas que sus seres queridos le hacían sin cesar, trataba de ir haciéndolo, pero siempre había una nueva pregunta que no permitía que terminara de responder a la anterior.

Cuando terminaron de comer, Rodrigo propuso que descansaran un par de horas y luego, ya con más calma, les pondría al corriente de lo que creía que deberían saber. Aunque Bernard no estaba cansado, fue al cuarto que le habían asignado, se imaginó que su amigo necesitaba intimidad con su mujer y si él estaba merodeando por la casa, al ser su invitado, no querría dejarle solo en los primeros momentos, por lo que los dos se retiraron a sus cuartos.

—Cada vez que regreso te encuentro más hermosa —le dijo Rodrigo a Elvira cuando se encontraban solos.

—¡Qué ganas tenía de volver a verte!, si supieras cuánto te echo de menos cada vez que estás fuera, no demorarías tanto tu regreso —dijo Elvira.

—Igual lo que tengo que hacer es prolongarlos un poco más, así cuando vuelva siempre me recibes como yo espero – bromeó el joven.

—No seas bobo —dijo ella mientras posaba sus labios en los de su marido.

Aquella sensación de ternura y amor hizo que las manos de Rodrigo abrazaran el cuerpo de su mujer y lo fuera acariciando, saboreando esos momentos con los que antes tanto había soñado. Dejó su mente en blanco y fueron sus instintos los que fueron amando a su esposa. Primero la fue despojando de toda la ropa que llevaba puesta, cada vez que liberaba una parte de su cuerpo, acariciaba y besaba lo que había quedado al descubierto hasta que la vio completamente desnuda, como siempre la recordaba en sus sueños. Era tan hermosa que en sus largas ausencias era lo que más echaba de menos.

Las caricias que ambos se proporcionaban resultaban un tanto atropelladas por el ansia que tenían acumulada de sentirse el uno al otro. Rodrigo deseaba disfrutar de cada instante y trató de ir muy despacio. Acariciaba cada centímetro de la piel de Elvira como si fuera la primera vez que lo hacía y ella, al sentir el contacto de la mano de su marido, se estremecía de placer.

Lentamente fue introduciéndose en esa intimidad que solo estaba reservada para él y sintió tanta calidez al hacerlo que su cuerpo también se estremecía. Se amaron como ninguno de los dos recordaba haberlo hecho anteriormente y cuando sus cuerpos consiguieron sentirse como en una nube, se besaron de nuevo con mucha pasión y permanecieron abrazados en la cama hasta que en el exterior se escuchó las voces de sus hijos que jugaban en el patio y Rodrigo pensó en ellos. También los había echado mucho de menos y decidió salir para escuchar de sus tiernas voces lo que deseaban contarle, ya que siempre que volvía de un viaje los sentaba sobre sus rodillas mientras los dos le iban contando todas las cosas nuevas que habían aprendido con el bachiller que había elegido su familia para su educación.

Fin del capítulo XXIV