Rodrigo bajó hasta el patio donde Bernard se encontraba viendo las cuadras. Sancho la estaba mostrando con mucho orgullo ya que los caballos que poseía eran de una sangre muy pura; y era muy difícil conseguir tal pureza en esta raza de caballos.

—Son unos ejemplares magníficos —afirmó Bernard.

—Son la pasión de mi padre —manifestó Rodrigo —desde que estuvo en Tierra Santa y trajo el caballo sobre el que cabalgo, lo primero que hizo, fue buscar al mayor entendido en caballos de todo el Reino para que se hiciera cargo de las cuadras y éste que ves es el resultado.

—Es un placer y, sobre todo, una gran satisfacción hacerlo —dijo con humildad Sancho —el caballo es un animal muy noble y además son tan hermosos.

—Pero no es fácil criar y sobre todo mantener una yeguada tan espléndida como ésta —dijo Bernard.

—Pues tendría que ver los que tenemos en la hacienda —dijo Sancho. –Un día tiene que acompañarme y le enseño cómo García hace la selección para que la sangre de los animales se regenere sin perder un ápice de su pureza.

—Me encantaría, pero temo que no va a poder ser, he de continuar mi viaje, que no admite demoras —afirmó Bernard.

Se sentaron en un banco de madera que había junto a una mesa del patio. Una de las sirvientas les trajo una fuente con embutidos y unas hogazas de pan, uno de los criados salió de la bodega con una jarra de vino y tres copas que colocó sobre la mesa.

Rodrigo tomó la palabra y le fue contando a su padre quién era el invitado que tenían en casa, a quien él tenía la misión de proteger, así como el cometido que estaba realizando desde que salió de París y que le conduciría hasta Ponferrada, donde por fin esperaba que los dos dieran por concluida la misión que cada uno tenía. Allí daría su informe y recibiría las órdenes precisas para saber qué debía hacer desde ese momento.

—Pero eso puede esperar —dijo Sancho —las instrucciones que debes recibir solo puede dártelas mi buen amigo Roberto Lope y hace dos días que pasó por aquí con destino a la ciudad de Toro. El Rey había reclamado su presencia y tenía que reunirse con él, por lo que no volverá al menos en dos o tres semanas y cuando regrese pasará por casa, por lo que puedes esperarle aquí tranquilamente hasta su vuelta.

—Entonces —dijo Rodrigo —serás nuestro huésped y te enseñaré personalmente la ciudad.

—Bueno, creo que después del tiempo que llevo huyendo me vendrá muy bien un pequeño descanso. Así también podré aclarar un poco mis ideas —dijo resignado Bernard.

—Mi padre —continuó Rodrigo —fue uno de los mayores promotores de la Orden en el Reino, ha ocupado varios cargos de gran responsabilidad y todavía es requerido por el Maestre de la Orden para escuchar sus consejos. Puedes hablar con él con toda confianza y consultarle las dudas que te vayan surgiendo.