—Me asombra con qué destreza le va dando forma a la madera.

—Solo es cuestión de practicar mucho, repetirlo muchas veces —dijo Bernard.

—Mañana —cambió de tema Sancho —si le parece bien, nos vamos a pasar el día a la finca que tenemos y así le muestro los caballos que allí criamos.

—Me parece una gran idea y me apetece mucho salir un poco al campo —dijo Bernard.

—Entonces, a las ocho tenemos ensillados los caballos y salimos.

Sancho había dispuesto que ensillaran para Bernard un hermoso caballo negro y para él había elegido una dócil yegua blanca.

Los cascos de los animales resonaban en las estrechas calles empedradas de la ciudad. Se dirigieron hacia el norte hasta que fueron dejando atrás las últimas casas de la ciudad. A lo lejos se divisaban unos altos montes que todavía mantenían una cresta blanca en sus cimas.

Durante más de una hora los animales fueron avanzando por un ancho camino de tierra hasta que llegaron a un terreno vallado con troncos y piedras.

—Aquí es —dijo el anciano.

Se adelantó para soltar una cerca de madera y una vez que hubieron penetrado en su interior, volvió a dejarla como se encontraba para que los animales no salieran de ella.

El terreno estaba mejor cuidado que el que habían dejado atrás. A ambos lados del camino, había campos de cereal y algunos viñedos. En todas las tierras había abundancia de árboles y a lo lejos, a la izquierda, vio un pequeño río que pasaba por medio de la finca. En la derecha, a una legua, se divisaba un frondoso bosque de pinos.

—Enseguida llegamos hasta donde se encuentra la casa —dijo Sancho.

—¡Es grande esta finca! —exclamó Bernard.

—Unas diez mil hectáreas contando el bosque – respondió el viejo. —Aquí, como está viendo, contamos con todo tipo de cultivos y cuando lleguemos a la casa verá que disponemos de animales que nos abastecen para todas las necesidades que tenemos en la casa, incluso el vino y el aguardiente que ha estado bebiendo estos días se produce aquí, en la finca.

Cruzaron el río por un puente de madera y en un lugar un poco más elevado se encontraba la casa. Era una gran mansión de piedra en la que los siervos, enterados de la llegada del señor, estaban esperándole a la entrada de la casa.

García cogió las correas de la yegua de Sancho y detuvo al animal ayudando a su señor a descender de lo alto del animal.

—Buenos días señor —dijo García —¿Han tenido buen viaje?

—Sí, García; éste es el señor Bernard, es un amigo de la familia al que quiero enseñarle los caballos que tenemos aquí.

—Será un honor poder acompañarles —dijo el criado —pero antes refrésquense y tomen algo.

Les sirvieron una fuente con embutidos variados y unas jarras de vino fresco. Era un vino rosado que a Bernard le resultó muy agradable. En la casa vio al menos a treinta criados que se afanaban en las diferentes tareas de la hacienda.