Unos estaban preparando las cosas para la siega ya que antes de un mes debían comenzar la recolección de los campos; otros se encargaban de cuidar los animales, tenían cerdos, vacas, gallinas, conejos, pavos, patos, ovejas, cabras…

El autoabastecimiento era completo. Algunos de los criados estaban casados y vivían allí con sus mujeres y con sus hijos.

—¿Se quedarán los señores a comer? —preguntó Úrsula, la mujer de García.

Sí, Úrsula; queremos pasar todo el día aquí, deseo que mi amigo Bernard vea con todo detalle la finca.

García se sentó al lado de su señor esperando sus instrucciones para cumplir inmediatamente lo que éste ordenara y saber por dónde quería comenzar la visita.

—Veremos primero la cuadra donde están todos los descendientes de Trueno, el alazán que traje de oriente y luego veremos las otras dos cuadras.

En la primera cuadra que visitaron predominaban los caballos y yeguas de pelaje negro, eran descendientes de aquel semental que compró hace tanto tiempo en Jerusalén y que tan buena descendencia había producido siendo la base de su yeguada.

Luego le mostraron otros caballos, también de raza árabe, pero eran de un pelaje blanco con manchas grises. Por último, en una tercera cuadra, se encontraba una gran variedad de razas y pelajes, pero en todos se veía una pureza de sangre que era la gran obsesión y el orgullo de Sancho; trataba de mantenerla lo más pura que le fuera posible.

Había en las tres cuadras más de cien animales y cada uno que vio le pareció todavía más espectacular que el anterior. En la primera de las cuadras había una yegua que al sentir cerca a Bernard comenzó a olisquearle, él puso su mano en la boca para que la oliera y la lamiera y luego fue acariciando con la mano la crin del animal.

—Todo el mérito es de mi fiel García, él sabe cómo debe cuidar a los animales, tiene un talento especial para que cada cría saque los mejores genes que sus progenitores le han aportado, ¿verdad García?

—Sí señor, es muy importante que los cruces y la selección se haga bien para que la sangre de los animales se vaya regenerando.

—Pero tú —dijo Sancho —eres muy hábil haciendo esos cruces. Siempre pensé que ningún animal superaría los primeros ejemplares con los que comencé, pero me has ido demostrando que cada generación va superando a la anterior.

—Eso es porque el señor se preocupa por la calidad y otros amos lo único que quieren es tener cuantos más animales mejor.

—Pero nunca serán como éstos —dijo Bernard.

—Nunca —afirmó Sancho —el caballo que tiene nuestro Rey es de estas cuadras y varios nobles, que son amigos míos, tienen también un ejemplar para su uso personal.

—Pues debe costar una fortuna un animal de estos —dijo Bernard.

—¡No tienen precio! — respondió Sancho — nunca he vendido un animal a pesar de las buenas ofertas que en ocasiones me han hecho. Solo mis amigos pueden tener el que yo les obsequie por su amistad y sobre todo por su lealtad.

Continuaron visitando la finca, fueron a ver los viñedos donde los racimos estaban granando y luego se dirigieron al bosque por donde caminaron hasta que llegaron a la falda de una montaña que se encontraba herida en su base.