—Esta es nuestra cantera particular —dijo Sancho —de aquí extraemos siempre la piedra que  necesitamos para nuestro uso.

—Por lo que veo, se abastecen de todo —comentó Bernard.

—Todo lo que necesitamos lo sacamos de esta tierra, que, como puede ver, es muy rica y resulta muy buena para todo tipo de cultivos.

Cuando el sol comenzaba a apretar, regresaron a la casa. Uno de los jóvenes, el hijo mayor de García, volvía del río con media docena de truchas que llevaba al hombro amarradas por un junco que les atravesaba las agallas.

—Parecen muy frescas y tienen un tamaño estupendo – dijo Bernard.

—En esta agua que viene de la montaña se crían unas truchas excelentes, con una carne dura y prieta —dijo Sancho —¿le gustan a usted?

—Me apasionan —respondió Bernard.

—Pues vete a casa —le dijo Sancho al muchacho —y le dices a tu madre que las cocine como ella sabe. Te van a encantar como Úrsula las prepara —le dijo Sancho a Bernard.

Efectivamente, recordaba las que había comido en Estella y las que le sirvieron cuando estuvo en el mesón con Rodrigo. Pero las que había cocinado Úrsula superaban a las anteriores, Bernard le pidió permiso a Sancho para hablar con la cocinera y expresarle cómo le había gustado su arte culinario.

Úrsula que era algo tímida, se quedó sin palabras para agradecer aquel halago, se puso roja y lo único que acertó a hacer fue llevarse su mano a la boca.

Bernard agradeció este cambio en su alimentación ya que la mayoría de los días estaba haciendo comidas muy fuertes y le sentó muy bien este cambio de dieta.

Sancho estuvo hablando un rato en privado con García mientras Bernard lo hacía con Úrsula, cuando regresó a la mesa ya le habían servido una copa de aguardiente que había junto a una bandeja con unas pastas recién hechas.

Cuando terminaron de comer, Sancho le hizo un gesto a García, que se ausentó y regresó media hora más tarde con una de las yeguas que había en la primera cuadra, la que Bernard había acariciado y le había puesto su mano para que la olfateara.

—¿Qué te parece este ejemplar? —preguntó Sancho.

—¡Es magnifica!, una purasangre que tiene que ser veloz como el viento y ágil como las nubes; se nota que es puro nervio —dijo Bernard.

-Pues es tuya, creo que cuando la viste te gustó lo mismo que tú le gustaste a ella.

—Pero no puedo aceptarlo, es demasiado para mí —respondió Bernard.

—No, creo que es justo lo que necesitas. Cuando mi hijo me dijo quién eras, no comprendía cómo una persona de tu posición iba montado sobre una mula y me explicó que ese era tu camuflaje para garantizar tu seguridad ya que con ella pasabas desapercibido; ahora, creo que ya no es necesario, con nosotros te encuentras seguro y es preciso que lleves una montura que esté acorde con tu rango en la sociedad.

—Pues muchas gracias —dijo Bernard levantándose de la silla y acercándose hasta donde se encontraba la yegua para acariciarla —es un ejemplar único —volvió a decir mientras acariciaba la crin del animal.

Ensillaron la yegua y en compañía del siervo fueron los tres a ver el resto de la finca que, debido a su extensión, no pudieron verla en su totalidad. Sancho le propuso que volverían de nuevo cuando la cosecha se estuviera recogiendo, bien en la siega o en la vendimia, así vería la finca en plena actividad.