Al día siguiente, un caballero abandonaba la fortaleza de Ponferrada, era Enrique Díaz que había recibido instrucciones precisas y muy concretas del maestre para dirigirse a Roncesvalles y entrevistarse con el prior del monasterio.

Las órdenes que le había dado su maestre eran ante todo muy estrictas, no debía entablar amistad con nadie durante su viaje y bajo ningún motivo debía revelar de dónde procedía y a dónde se dirigía, solo podía hablar con el prior Rodrigo que sería al único que podía revelarle verbalmente el mensaje que llevaba.

            Enrique cabalgó haciendo largas jornadas y en nueve días llegó hasta el monasterio que descansa en las faldas de los Pirineos.

A nadie extrañó la llegada de aquel caballero ya que el prior solía recibir de esta manera algunos de los despachos que los nobles u otras personas relevantes le hacían llegar en aquellos tiempos tan convulsos donde la discreción en algunas informaciones era primordial. Las alianzas y estrategias para unificar fuerzas sobre determinadas acciones resultaban muy importantes y a veces era vital para conseguir los propósitos que los movían.

Llegó a Roncesvalles cuando ya había anochecido, se había celebrado una hora antes la misa en honor a los peregrinos y más de cien personas deambulaban por las cercanías del hospital. En sus caras se reflejaba la satisfacción de la mayoría por haber superado la principal dificultad orográfica que tenían que afrontar desde que iniciaron su peregrinación. Ahora solo esperaban poder realizar el último tramo que para la mayoría, que venían desde muy lejos, representaba lo que les separaba de su objetivo final.

Nada más llegar al complejo, Enrique se dirigió hacia uno de los monjes que se encontraba atendiendo a los peregrinos.

—Vengo con un recado importante para el prior Rodrigo —dijo el recién llegado.

—Pues el prior a estas horas se encuentra haciendo sus oraciones y no se le puede molestar —dijo el monje —seguro que podrá esperar hasta mañana. Ahora descanse y deje su caballo en la cuadra, le dice a uno de los hermanos que le proporcione algo de comer y mañana podrá estar con el prior a primera hora de la mañana.

Enrique no replicó, era un soldado y estaba acostumbrado a recibir órdenes que jamás se cuestionaba ya que no había sido educado para eso. Haría lo que el monje le había propuesto y pensó que de esta forma sería mejor, mañana una vez que le hubiera dejado su recado, regresaría de nuevo hasta su reino.

Algunos peregrinos que le habían visto llegar pensaron que también era un peregrino que estaba haciendo el camino de regreso y se interesaron por que les hablara de las cosas que se iban a encontrar las jornadas venideras. Pero Enrique, como le había dicho su señor, no intimó mucho con aquellos peregrinos, fue muy escueto en sus respuestas contestando únicamente con monosílabos y pronto le dejaron solo ya que se dieron cuenta enseguida de que aquel peregrino no era tan hablador como los demás.