Pues ya sabe que para protegernos debemos resguardar los bienes que poseemos y así tenerlos a nuestra disposición cuando nos sean necesarios.

-Usted me dirá lo que quiere que haga – dijo Miguel.

-Guarde todo el oro y la plata en un cofre y busque un lugar en el que podamos ocultarlo, una vez que veamos el sitio más idóneo, lo esconderemos para que aunque nuestros enemigos se apoderen de este lugar, nuestros bienes no lleguen a correr el peligro de caer en sus manos.

La disponibilidad de Miguel para cumplir todo cuanto Bernard le proponía fue incondicional, enseguida le fue mostrando los sitios que a Miguel le perecían más discretos, hasta que encontraron uno que les gustó a los dos y allí dejaron oculto el cofre con las monedas que había en la encomienda.

Fiel a las costumbres que había estado realizando desde que visitó la primera encomienda en tierras francesas, buscó un lugar donde marcar el símbolo “pi” con la distancia que había desde allí hasta el cofre y dio por finalizada esta primera visita agradeciendo toda la colaboración que el preceptor le había proporcionado.

-Las siguientes encomiendas que visite hasta llegar a Zamora se encuentran advertidas de su llegada, después de comunicármelo a mí, he estado con ellos y les he transmitido esta información.

-Pues doble agradecimiento porque eso me va a ayudar mucho para que sea más sencillo el trabajo que debo realizar.

Bernard no pudo negarse a acompañar a Miguel en la cena, todo habían sido facilidades por su parte y deseaba corresponder a aquella persona que mostraba mucho interés por conocer las últimas noticias sobre la situación tan convulsa que se estaba viviendo.

Bernard le contó todo lo que pudo, ya que cada vez estaba teniendo más información que no estaba al alcance de todos, pero debía mantener la reserva con la que a él se lo habían contado.

A una hora prudencial se retiró a la posada, a pesar de que al día siguiente la encomienda que debía visitar se encontraba a menos de una mañana de viaje pues tenía que recorrer poco más de tres leguas.

Las llanuras por las que estaba pasando hacían que el horizonte resultara infinito, apenas había alteraciones en el terreno, lo que hacía que el desplazamiento le estuviera resultando muy cómodo.

Llegó a Villalcampo a la hora de cenar y se dirigió hasta el lugar en el que pensaba pasar esa noche. Nada más dejar su caballo en el establo, comió en la misma posada y luego se dirigió a la encomienda donde, como le había dicho Miguel, estaban al corriente de su visita y también le ofrecieron todas las facilidades para que pudiera cumplir su cometido; esa misma tarde dejaron solucionado lo que venía a hacer en esta encomienda.

Curiosamente, la siguiente visita que debía realizar estaba a poco más de una hora de camino de la anterior. La  escasa legua que separaban a Villalpando de Villardiga la recorrió en un suspiro.

En el campo, los labradores estaban terminando la siega por ese día. Solían ir al campo varias horas antes que el alba se hiciera patente, aprovechaban el frescor de las primeras horas del día y cuando el sol comenzaba a ser implacable, recogían la cosecha que habían extraído a la tierra y la cargaban en sus carros para dejarla en las eras donde por la tarde, irían separando con los trillos la paja del grano.

Esta comarca por la que estaba transitando era conocida como tierra de campos y representaba el granero del Reino ya que las amplias y llanas tierras que allí abundaban eran propicias para que el cereal creciera y produjera unas cosechas muy abundantes pues el clima también favorecía su desarrollo.