Iglasia de Santa María – Monumento Artístico – Foto: SAF

En menos de una semana ya había visitado tres encomiendas y en todas ellas la disponibilidad de los preceptores era inmejorable; hasta el momento estaba resultando mucho más fácil de lo que inicialmente había pensado. En ninguno de los lugares que había visitado observó la más mínima reserva a lo que les proponía, las distancias estaban siendo muy cortas y cómodas hasta el momento, los responsables estaban dispuestos a colaborar y en ningún momento ponían en duda lo que Bernard les exponía.

Quizá fuera en parte por el miedo que los responsables de las encomiendas tenían, en todos pudo observar cierto temor a lo que pudiera pasar y para ellos era un alivio no disponer de tanto dinero en las encomiendas. Ahora, su responsabilidad se limitaba únicamente a los bienes que ingresaran a partir de ese momento y Bernard, en contra de lo que le había dicho a Rodrigo, decidió dejar en poder del preceptor el documento firmado por el maestre Roberto. De esa forma, si sus enemigos se apoderaban del lugar y no encontraban ningún bien, siempre podrían justificar su ausencia con aquel documento, diciendo que se vieron obligados a entregarles todo a los hombres de la Orden que vinieron en nombre del maestre para requisarles todo lo que tenían hasta ese momento, ese documento podía llegar a ser un salvoconducto para su integridad. Lo que Bernard desconocía era que Rodrigo estaba haciendo lo mismo depositando la información y los documentos junto a los bienes.

Le llevó un día entero recorrer la distancia que le separaba de la siguiente encomienda. Tenía que desplazarse hacia el oeste, hasta la población de Tábara y además de la distancia que tenía por medio, debió salvar el cauce de un importante río que se encontraba hacia la mitad de la jornada.

Llegó cuando casi había anochecido, por lo que fue directamente a una posada y, antes de acostarse, cenó abundantemente ya que en todo el día casi no había probado bocado.

A la mañana siguiente se dirigió a la encomienda, pero le dijeron que el preceptor no se encontraba en ella, había tenido que ausentarse y estaría fuera todavía uno o dos días.

Aquella noticia suponía un contratiempo con el que no había contado. Pensó dirigirse a la siguiente encomienda que se encontraba a dos jornadas de distancia, pero consideró que lo mejor que podía hacer era seguir el plan que inicialmente había establecido. Dos días más no iban a alterar en exceso sus planes y además iba con adelanto sobre lo que había previsto inicialmente.

Esperaría la llegada del preceptor, dejaría un recado en la encomienda para que fueran a avisarle cuando regresara. Durante este tiempo descansaría y visitaría este bonito pueblo.

Había un importante monasterio en el que los beatos adquirieron una fama importante por las copias que realizaban en el scriptorium. Tuvo durante mucho tiempo una labor importante de numerosos monjes que se dedicaban a este oficio que permitía conservar la cultura en los códices para que no se perdiera. Se acercó a visitarlo y consiguió que le permitieran ver alguno de los manuscritos que había en la biblioteca. Se pasó una tarde entera viendo algunos códices que solo se podían contemplar en lugares como éste.