Dos jornadas de viaje le dejaron en San Pedro de Latarce y fue directamente a la encomienda donde Millán, su preceptor, fue quién le recibió en la puerta de la encomienda.

-Buscaba a Millán – dijo Bernard.

-Yo soy Millán – le dijo el preceptor.

Bernard se presentó y le comunicó que quería hablar con él para transmitirle una orden personal de su maestre.

-Ya me he enterado de su visita y sé a lo que viene – dijo Millán – pero le esperaba hace mucho tiempo, llegué a pensar que se había olvidado de nosotros.

-De ninguna manera, es que tenía muchas encomiendas que visitar y he seguido el orden que tenía establecido. Pero no puede saber a lo que vengo porque no se lo he dicho a nadie, es un secreto que creo que está bien guardado.

-Pues yo si lo sé – dijo satisfecho y dándose cierta importancia el preceptor – viene a hacer un recuento de los bienes que hay en la encomienda y trae la orden de ocultarlos – afirmó Millán convencido de lo que decía.

Bernard pensó sobre cómo podía haberse enterado aquel hombre de su misión secreta, tanto que la mayoría de las personas relevantes de la orden no estaban al corriente de ella. Miraba incrédulo a Millán tratando de adivinar cómo el secreto que creía tan bien guardado era conocido por aquel hombre.

-No se preocupe – dijo Millán al verle tan pensativo – la encomienda de Villardigo se encuentra a pocas horas de aquí y estuve en ella dos días después que usted, el preceptor, que es un buen amigo, me puso al corriente de su visita y de los motivos por los que la estaba haciendo.

-Entonces, sabrá que debo…

-Está todo preparado desde hace semanas – le interrumpió Millán – tiene las cuentas al día, el dinero está guardado en dos cofres de madera y he seleccionado el mejor sitio para ocultarlo. Ahora vaya a asearse y mientras cenamos decidimos cuándo nos ponemos manos a la obra.

Como los criados vivían en una casa contigua, se encontraban solos en la encomienda. Decidieron que al finalizar de cenar le mostraría el lugar que había elegido y si le parecía bien, lo guardarían todo cuando el servicio se hubiera retirado, luego lo tapiarían con las piedras que él había dejado sueltas y lo sellarían de nuevo con argamasa o barro que tenía también dispuesto.

-Así da gusto – dijo Bernard cuando hubieron terminado – ha sido el lugar en el que más rápido he cumplido lo que tenía qué hacer.

-Pues vamos a brindar por ello con un aguardiente que tengo para estas ocasiones – propuso Millán.

Después del brindis se sirvieron un vaso más y conversaron animadamente hasta que los bostezos aconsejaron a los dos retirarse a sus cuartos a descansar.

Millán le aconsejó el camino que debía tomar para llegar a la siguiente encomienda. Aunque era más rápido ir por pequeños pueblos que había en dirección norte, si no llegaba ese día hasta Ceinos del Campo, donde estaba la siguiente encomienda, no encontraría ningún sitio donde pasar la noche, por eso, él le recomendaba que fuera hacia el noreste y llegara a Medina de Rioseco, allí podría descansar y al día siguiente llegaría a la hora de comer a la siguiente encomienda.

El día había amanecido algo gris, en la dirección en la que iba había unas nubes muy negras que amenazaban descargar una de esas fuertes tormentas de verano, pero fue aguantando hasta que, un kilómetro antes de llegar a Medina de Rioseco, descargó una tromba de agua que apenas le dejaba ver.