Llegó a una posada completamente empapado y tuvo que cambiarse enseguida de ropa y dejar la que llevaba puesta extendida por el cuarto para que se secara.

Al ver la posadera aquel desorden con ropa por todos los lados, le riñó a Bernard por haberla dejado de aquella manera.

-Según la ha puesto no se le va a secar y la humedad se pasara a la ropa de la cama – dijo la posadera.

-Lo siento, – se excusó Bernard – no sabía qué hacer con ella.

-Démela toda – le pidió la posadera – la extenderé cerca de la chimenea y allí verá como se seca enseguida.

Salió a buscar un sitio para cenar, pero no se atrevió a traspasar los soportales en los que se encontraba ya que la intensidad del agua parecía no disminuir.

Toda la noche estuvo escuchando cómo los truenos y los relámpagos desgarraban el cielo; por la mañana, cuando llegó la claridad del nuevo día, continuaba lloviendo sin cesar, por lo que decidió quedarse hasta que amainara y si no lo hacía, continuaría su viaje al día siguiente.

Las dos últimas encomiendas, Ceinos del Campo y Mayorga, las visitó los dos días siguientes y encontró la misma disposición que los preceptores de todas las encomiendas le habían brindado desde que comenzó su misión, por lo que se encontraba muy satisfecho del resultado de todas las gestiones que había hecho y por primera vez desde que se separó de Rodrigo pensó en él, esperaba que también su misión le hubiera resultado tan cómoda y sobre todo positiva como había sido para él.

Se encontraba a solo tres jornadas de León, casi había perdido la noción del tiempo que llevaba fuera, pero por los cálculos que estuvo haciendo, pensó que terminaría una semana antes de lo que había previsto y se sintió muy satisfecho.

Aunque estaba deseoso de llegar de nuevo a León para encontrarse con sus amigos, no quiso forzar su marcha y se tomó con algo más de calma el camino que le quedaba para finalizar. La tranquilidad de haber terminado con éxito el encargo que el maestre le había propuesto y en mucho menos tiempo de lo que había previsto le permitió relajarse. Ya no madrugaba tanto y cuando se detenía para comer, no tenía tanta prisa como antes para reiniciar la marcha, en lugar de apurar la luz del día hasta que el sol estaba a punto de ser absorbido por el horizonte, ahora se paraba varias veces antes de que anocheciera.  Al llegar, disfrutaba de una buena cena y antes de acostarse daba un paseo de al menos una hora por el pueblo en el que se encontraba.

Cuando por fin vio desde lejos las agujas de la catedral de León, sintió como si estuviera llegando a su casa. Era la misma sensación que tenía cada vez que tras un viaje llegaba a París, su único pensamiento era tener a Marie entre sus brazos y sentir la suavidad de sus labios cuando se fundían en su boca; pero en esta ocasión no le esperaba Marie.

Se dirigió directamente a la finca. Según iba accediendo hacia la casa, vio como todos los campos ya estaban segados y los montones de paja y grano se encontraban ahora en las eras, donde los criados lo iban llevando a los graneros para que les mantuvieran a ellos y a los animales durante todo el año.

Rodrigo vio llegar a lo lejos a Bernard, no solo reconoció a su amigo, también le resultaba familiar la yegua que montaba y moviendo con energía la mano se fue a su encuentro.

-Bernard amigo mío, cuántas ganas tenía de verte – ¿Qué tal te ha ido todo?

-Bien, he visitado todas las encomiendas y no he tenido ningún contratiempo. ¡Y tú! ¿Cómo te ha ido y cuándo has llegado?

-Muy bien, algún pequeño malentendido, pero pude solucionarlo y ya está todo como habíamos planificado. Llegué hace tres días y, como ves, ya se están terminando de recoger la cosecha; estaba apuntando las fanegas que vamos guardando de grano.

-¿Qué tal se encuentra tu familia?

-Todos están bien, mi padre deseando verte, te ha tomado mucho afecto.

-Pues vamos, yo también tengo muchas ganas de verle y darle más de un recuerdo que me han dado para él.

Esa noche hubo una cena especial, tenían que celebrar varias cosas: la llegada de los dos, el éxito de la misión que tenían y la recogida de la cosecha. Todos se mostraban muy satisfechos por el reencuentro que se había producido. Cuando terminaron de cenar se sentaron en un banco que había en la entrada de la casa y los tres hombres fueron contando las vicisitudes del encargo que habían realizado, al fresco de una noche de verano muy agradable.

Habían prestado un servicio inestimable a su señor y sobre todo a la Orden a la que los tres le debían una gran parte de lo que eran y se sentían satisfechos de haber podido prestar ese servicio.

Fin del capítulo XXXIII