Bernard no recordaba cuánto tiempo hacía que no dormía tan bien como esa noche. Se había olvidado cuándo fue el último día que se pasó tantas horas durmiendo, se levantó pasadas las diez de la mañana, cuando en la finca estaban en un alto en la jornada de trabajo, descansando y comiendo unas viandas que las mujeres habían preparado.

-No he querido despertarte – dijo Rodrigo al verle – esta mañana abrí la puerta de tu cuarto y te vi tan dormido que me ha parecido mejor que descansaras.

-Lo necesitaba – dijo Bernard – más que el cansancio físico, era una acumulación de tensión. Me he sentido tan liberado que mi mente se ha encontrado muy relajada y no quería que el sueño se alejara de ella.

-Supongo que tendrás hambre – dijo Rodrigo apartando una silla de la mesa para que se sentara.

-Mucha, me comería casi todo lo que hay en el plato, noto un profundo agujero en mi estómago.

-Pues come, luego tenemos todo el día para hablar e intercambiar la información de que disponemos – propuso Rodrigo.

-Después de la siesta, me imagino que no la perdonarás, nos reunimos y me vas dando cuenta de todo lo que has hecho.

Sancho, al ver a su amigo y a su hijo, dejó las cosas que estaba haciendo y se fue a su lado para tomar un vaso de vino en su compañía.

Por la tarde, en un salón que disponía de una mesa grande de madera, se sentaron los dos. Rodrigo había colocado sobre una parte de la mesa varios papeles con las notas que había ido tomando y, cuando Bernard estuvo dispuesto, comenzó a detallarle la situación de cada una de las encomiendas.

Siguiendo el orden de las visitas que había realizado, Rodrigo le fue describiendo lo que había hecho en cada una de las visitas. Primero fue comentando cómo había encontrado al preceptor y la disponibilidad o las reticencias de éste para ponerse a su servicio y cumplir sus órdenes. Luego le facilitaba los datos de los bienes que había en la encomienda, le mostraba las cuentas que había a la fecha que él llegó y la cantidad que habían ocultado, siempre dejaron un pequeño remanente para los imprevistos que pudieran surgir los días siguientes. A continuación le describía el lugar que habían elegido para dejar el cofre, así como el arcón, cofre o bolsas con el dinero; le describía las características, tamaño, materiales en los que estaba confeccionado; respecto al lugar hacía una exhaustiva descripción de las dificultades de su acceso, material en el que estaba construido y en los casos en que se había enterrado la profundidad a la que se encontraba.

También le dio la referencia de las marcas que había hecho y la distancia a la que estaba la marca del lugar en el que se habían ocultado los bienes.

Como en una ocasión presentaba dudas de si el cofre podía estar a un lado o a otro de la marca, había puesto una pequeña raya a la derecha o a la izquierda de lo que había grabado en la marca.