-Si te parece, vamos a comer a la taberna y si viene cuando estemos comiendo, dejas aviso para que nos vayan a llamar y si no, venimos después de comer y le esperamos.

Cuando se encontraban comiendo, un frey se acercó hasta la taberna en la que Bernard y Rodrigo se encontraban, su cara parecía decirlo todo ya que la expresión que llevaba era una mezcla de preocupación y de angustia:

-El maestre ha venido con prisa y ha continuado su viaje al castillo, nos ha dicho que avisemos a todos los hombres disponibles para que se concentren en Ponferrada porque se espera un ataque inminente del ejército del Rey.

Los dos hombres dejaron a medias la comida y se levantaron saliendo apresuradamente de la taberna en dirección a la finca.

Sancho, al verles llegar con tanta prisa, salió a su encuentro temiéndose que ocurría algo grave.

-Lo que nos imaginábamos ha ocurrido – dijo Rodrigo – el Rey ha dado el paso que tanto temíamos y se dirige al castillo para suprimirnos.

-A qué esperamos – dijo Sancho – debemos ir a defender lo que es nuestro y tanto nos ha costado conseguir.

-No padre, tú te quedas aquí – dijo Rodrigo – y tú también – dijo mirando a Bernard – creo que sois más necesarios y más valiosos quedándoos en una segunda línea; desde aquí podrás ir coordinando e informando a todos los que busquen información. Si no podemos superar el asedio, siempre hará falta gente como tú que pueda reorganizar a las personas que queden. Y Bernard dispone de una información muy valiosa que jamás debe caer en manos de nuestros enemigos.

Rodrigo se despidió de su familia y sin demorarse un solo minuto se dirigió hacia el castillo donde se estaban concentrando la mayoría de los hombres de la Orden que habían recibido el aviso de unir todas las fuerzas posibles para defenderse.

Fin del capítulo XXXIV