almeida – 04 de junio de 2017..

            Cuando conocí a Esperanza, la encontré algo más triste que a los que llegaban esos días al albergue. Al principio lo achaqué a la dureza de la etapa que había dejado atrás.

Los peregrinos que llegaban a donde yo me encontraban lo hacían con la fatiga reflejada en sus rostros, pero una vez que la ducha conseguía arrancar de sus caras el cansancio que se había ido acumulando, se les veía como si fueran personas nuevas, muy diferentes a las que habíamos visto al llegar.

            Pero Esperanza, seguía manteniendo el mismo ánimo que cuando la vi entrar por la puerta y me imaginé que había algo más que el cansancio para que se encontrara en aquel estado. No era normal, parecía guardar en su interior tanta vitalidad que si no la manifestaba de forma espontánea, era porque alguna cosa le estaba impidiendo hacerlo y mostrarse tal y como a mí me parecía que debía ser.

            La experiencia me dice que en esas situaciones, lo mejor es dejar al peregrino que busque ese momento de compartir las penas si realmente quiere hacerlo, si no es así, por mucho que intentemos sacar de su interior lo que le impide mostrarse con naturalidad, difícilmente lo vamos a conseguir.

            Mientras estaba sentada junto a una de las mesas más apartada del salón, fui hasta la cocina y preparé una cafetera grande. El aroma que desprendía el café al contacto con el agua hirviendo, fue inundando toda la estancia y vi como ella se estaba fijando en cada una de las cosas que yo estaba haciendo.

            Puse la cafetera en una bandeja y sobre ella coloqué dos tazas y me dirigí a donde la joven se encontraba ofreciéndole con mi mejor sonrisa que cogiera una. Ella también me sonrió, era la primera vez que lo hacía, bueno, quizá la segunda ya que cuando llegó también me pareció verla sonreír, pero no me di cuenta porque estaba atendiendo a un peregrino que había llegado con algunas lesiones y le estaba explicando sobre un plano de la ciudad, donde podía dirigirse para que le miraran las heridas que tenía y le curaran el pie.

            Percibí cómo sus ojos también sonreían, eran oscuros, pero brillaban de una manera muy especial y a través de esa sonrisa que salía de su mirada observé como también sonreía su alma.

            Vertió una cucharada de azúcar en el café que le ofrecí, no deseaba añadirle leche y mientras con la cucharilla removía el contenido de la taza, antes de comenzar a hablar, cogió la taza entre sus manos como si quisiera calentarlas y comenzó a hablar con esa voz que me resultó muy agradable, lo hacía con esa pausa especial que algunos saben, y sobre todo, poniendo mucho énfasis en cada palabra que me decía.

            -Gracias – me dijo – había llegado a pensar que la magia que siempre había encontrado en el camino se había perdido.

            Esperanza era una peregrina veterana a pesar de su juventud, cinco años antes había descubierto el camino y cada año desde entonces dedicaba sus vacaciones a recorrer alguno de los tramos que conducen desde cualquier rincón de la península hasta Santiago.

            Pero este camino, le estaba resultando diferente a los demás, no había conseguido llegar a sentir esa magia que percibía otros años cuando llegaba a los albergues y comenzaba a pensar que se había perdido, aunque ella caminaba cada día con la misma ilusión que lo había hecho en ocasiones anteriores.

            -La magia nunca se pierde del todo – le dije – quizá es que no has sabido donde buscarla o que no estás todavía en condiciones de verla, pero te aseguro, que sigue estando donde ha estado siempre.

            -Pero pido tan poco cuando estoy en el camino, que no es normal que no lo consiga – respondió ella.

            -Como te he dicho, en ocasiones es que no sabemos cómo llegar a las cosas que nunca han desaparecido de donde un día se dejaron.

            -La primera vez que recorrí el camino, me di cuenta del poder que llega a tener una sonrisa – dijo Esperanza – cuando llegaba a los albergues después de una dura jornada, con el cansancio acumulado en tu cuerpo, solo ver la sonrisa con la que te obsequiaba el hospitalero, parecía cambiar todo el ánimo que tenías y te reconfortaba de una manera especial. Es lo único que siempre he buscado cada vez que regresaba al camino y siempre lo conseguía, excepto los días que llevo caminando por éste, en los que hasta hoy no he conseguido ver esa amabilidad a la que ya me había acostumbrado.

            -Bueno, tienes que tener en cuenta que a veces también el hospitalero ha pasado un mal día o ha asumido muchos problemas que le iban llegando y no se encuentra con ánimo para sonreír.

            -Soy consciente de ello – dijo Esperanza – pero eso puede pasar un día o dos y no dos semanas como me está ocurriendo ahora. Sé que el peregrino cuando le dan acogida, no tiene que pedir nada, solo agradecer lo que le dan, pero una sonrisa creo que no es pedir mucho.

            -En eso tienes razón – le dije – creo que es lo mínimo que podemos darle al peregrino cuando llega al albergue en el que nos encontramos.

            -Cuesta tan poco – añadió ella – pero cuando la recibes vale por todo un camino y hasta ahora no he conseguido sentirla de esa forma desinteresada que algunos hospitaleros sabéis como darla.

            -No tienes que desanimarte, seguro que cuando tenga que aparecer, lo hará de una manera espontánea para que quien te la da lo haga de corazón y porque lo siente y tú al recibirla también lo hagas con la misma ilusión con la que te la han regalado.

            -Eso espero, deseo que de ahora en adelante pueda llegar a sentir esa sensación de que soy recibida en los sitios a los que llego con esa amabilidad que me hace sentirme como en casa, porque hasta ahora solo me he encontrado hospitaleros que daba la impresión que estaban haciendo su trabajo de una forma impuesta sin agradarles lo que estaban realizando.

            -Es como suele ocurrir en la vida, te vas a encontrar con todo tipo de situaciones, pero eso no es motivo para que veas las cosas de una forma diferente, si lo haces, entonces veras siempre este camino, también como algo distinto.

            -Eso trato de hacer, aunque el recibimiento no sea el que esperaba, intento ser la misma de siempre y aunque no perciba ese calor que tanto necesito, no por eso voy a dejar de agradecer el cobijo que me han dado lo cual hago en todos los sitios dejándolo reflejado en los mensajes que los peregrinos dejamos en los libros que hay para nosotros en los albergues.

            Creo que Esperanza a partir de ese día no volvió a sentir esa sensación que había tenido los días anteriores, siempre nos encontramos con oasis en el camino que suelen estar en los lugares que más los necesitamos y nos ayudan a continuar el camino de una forma muy diferente a como lo estábamos haciendo.

            El tiempo que permaneció Esperanza en el albergue ya no volví a ver la tristeza en sus ojos, ahora seguían brillando como cuando le ofrecí la taza de café con la mejor de mis sonrisas.