-Pero la Orden ha desaparecido – grito fuera de si el Monarca.

-Si la Orden ha desaparecido, también lo han hecho sus bienes, nunca os apoderareis de ellos ya que un día volverán a sus legítimos dueños.

-Veo que no vais a ceder y no me dejáis otra salida que condenaros por traición, he venido tendiéndote mi mano, dispuesto a olvidarlo todo, a perdonar tu vida y la de los hombres que aún siguen vivos, pero si cuando salga por esta puerta no he obtenido lo que venía a buscar, no podré hacer nada más por vos.

-Cada uno tenemos que enfrentarnos a nuestro destino y yo ya estoy preparado para el mío desde hace tiempo – aseguró Roberto con una voz tranquila.

El Monarca le dio la espalda al maestre y se dirigió hacia la puerta de la estancia, antes de llamar la atención de los guardas que se encontraban al otro lado, se giró para ver si había algún síntoma de cambio, pero Roberto no movió ni un solo músculo, permaneciendo altivo como quien ya está dispuesto a entregar su alma al Creador y lo hace con la conciencia limpia.

El Rey dio instrucciones al jefe de su guardia para que antes de marcharse quedara todo dispuesto para que el maestre y los principales dirigentes de la Orden fueran ajusticiados cuando él ya no se encontrara en la fortaleza. Antes de cumplir la sentencia debía interrogarse a cada uno de los cabecillas para obtener la información que les permitiera localizar el lugar en el que habían ocultado las riquezas que poseía la Orden.

Ninguno de los hombres que interrogaron pudo decirles nada sobre el lugar en el que estaban los bienes, por lo que después de cada interrogatorio fueron pasando a manos del verdugo, que fue cumpliendo las sentencias que el Rey había dictado.

La justicia se convirtió en venganza. Con la extinción de una Orden que nació y vivió como uno de los brazos armados más importante y respetado de la Iglesia se cumplió uno de los episodios más negros de la monarquía. Con su desaparición quedó debilitada la seguridad de la que hasta ese momento gozaban aquellos que se desplazaban por los reinos cristianos.

Todo el poder que llegaron a ostentar se volvió al final contra ellos por que quienes un día les apoyaron, llegaron a temer por ese poder que habían ido cediendo con el paso del tiempo.

Fin del capítulo XXXVI