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Le salvó

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almeida – 4 de enero de 2019

Hay algunas historias que van surgiendo en el camino, que representan lo que éste significa para quienes lo recorren, ofrece ese aspecto de humanidad, que en muy pocos lugares puede encontrarse, por eso el Camino es y representa algo tan especial.

                Estaba ya finalizando el otoño y los días comenzaban a menguar de una forma considerable, el número de peregrinos también había descendido, habiendo días que no llegaba nadie hasta el albergue.

                Pero ese día, se había ido formando un grupo que caminaban juntos desde varias jornadas antes, se sentían muy a gusto y fueron planificando cada una de las jornadas procurando llegar al mismo sitio y de esa forma compartían una parte de ese camino que estaba resultando muy especial para todos.

                Las diferentes condiciones en las que cada uno afrontaba los kilómetros que tenían por delante, hacían que durante la mayor parte de la jornada fueran separados y de esa forma, también fueron llegando hasta el albergue en el que me encontraba.

Cuando llegaron los dos primeros, me dijeron que por detrás venían cuatro más y que todos llegarían hasta el albergue, bueno todos menos uno, un joven italiano que hacía el camino con su perrita y no dormía en el interior del albergue, montaba su tienda de campaña en el exterior y dormía en compañía de su perrita.

                Fueron llegando los demás peregrinos y todos me decían que el peregrino italiano venía por detrás, casi siempre llegaba el último porque no quería forzar al animal más de lo necesario y cuando veía que se cansaba, se paraba para que la perrita descansara.

                Viendo los que se encontraban en el albergue y el que tendría que llegar, me dispuse a preparar la cena comunitaria para todos, porque aunque el peregrino durmiera fuera, compartiría la cana con los demás.

                Iba pasando el tiempo y el peregrino no llegaba, los demás ya se habían puesto cómodos y alguno se había acercado hasta alguno de los bares del pueblo o a la tienda para que la tarde se le hiciera un poco más corta y cuando faltaba muy poco para que comenzara con la cena, vi como a lo lejos se acercaba el peregrino con su perrita.

                Era un joven de poco más de 20 años con una complexión fuerte que le permitía llevar el extra que los demás peregrinos llevan en su camino, él además de las cosas que necesitaba para cada jornada, debía llevar lo que necesitaría su perrita y la tienda de campaña en la que pasaban la mayor parte de las noches, por lo que su mochila abultaba el doble y pesaba dos veces más que las de los demás peregrinos.

                Como habitualmente hago cuando veo que un peregrino se acerca al albergue, Salí a su encuentro para darle la bienvenida:

                —Buenas tardes soy el hospitalero —le dije extendiendo mi mano.

                —Hola, yo soy Max —me dijo.

                —Verás, puedes ducharte en el albergue y cenar con nosotros y si quieres tu perrita se queda en el patio, la ponemos una caja para que se meta en ella y se encuentre protegida de las inclemencias que hace por la noche —le propuse.

                —No es problema —dijo Max —pero prefiero dormir con mi perrita en la tienda de campaña, si me dejas colocarla en el exterior.

                —Claro —le dije—como tú prefieras.

                —Lo que me preocupa es esto —dijo Max abriendo su chubasquero mientras desenrollaba lo que parecía su camiseta.

                Pude ver tres bolitas peludas de color negro con algunas manchas blancas que después de fijarme bien, me di cuenta que eran tres cachorros recién nacidos, pero que parecían muertos porque apenas se movían.

                Entre sollozos, Max me fue explicando cómo se los había encontrado y a pesar del calor que les había proporcionado con su cuerpo, se temía que estuvieran muertos porque ninguno de ellos se movía.

                Me comentó que cuando ya estaba llegando al pueblo, le faltaban media docena de kilómetros, en una tierra, entre unos arbustos escuchó algo que le pareció un gemido y cuando se acercó, vio en una bolsa de plástico a los tres cachorros que alguien había abandonado en aquel lugar.

                No se lo pensó y extrajo de su mochila una camiseta en la que enrolló a los animales y como comenzaba a hacer frío los puso en el interior de su chubasquero para ver si el calor de su cuerpo podía reanimarles.

                Pensé que aquellos animales no soportarían una noche en el exterior, a pesar de la protección de la tienda de campaña, las noches comenzaban a ser frías y lo que aquellos cachorros necesitaban era un lugar confortable en el que pasar esa crucial noche.

                Olvidando las normas, le propuse que en un cuarto destinado a almacén, habilitaría un colchón para que él y su perrita durmieran y para los cachorros pondríamos algo que los aislaran del suelo y busqué una estufa que pudiera proporcionarles ese calor que tanto necesitaban.

                Mientras Max acomodaba sus cosas en el cuarto y colocaba a los perritos cerca de la estufa, vi como pacientemente iba masajeando el pecho de los cachorros para ver si ese masaje conseguía reanimarlos.

Mientras, fui a buscar leche y me acerqué hasta el centro médico para que me proporcionaran una jeringuilla de plástico con la que poder introducir la leche en la boca de los animales.

Cuando regrese con la leche y la jeringuilla, vi como Max se cubría la cara y su cuerpo parecía tener ligeras convulsiones y cuando se percató de mi presencia se dio la vuelta y secándose las lágrimas me dijo:

—Estos dos están muertos, solo hay uno que todavía parece que vive, pero los latidos de su corazón son cada vez más débiles.

Llamamos a un veterinario para que viera el cachorro que todavía seguía vivo y mientras llegaba le propuse a Max que los otros dos, hiciera un hoyo en el exterior del albergue y los cubriera con tierra.

Cuando llegó el veterinario examinó al cachorro y certificó lo que ya sabíamos, que se encontraba en muy malas condiciones y sería un milagro que superara esa noche, pero que si lo conseguía, lo que no podía era seguir con el peregrino, porque el animal iba a necesitar unos cuidados y una alimentación especiales y en el camino era imposible proporcionárselos.

El veterinario propuso que lo mejor era buscar a alguien del pueblo o de la zona que adoptara el cachorrito, era la única posibilidad que tenía y Max estuvo de acuerdo.

Pero no resulta nada fácil que en unas pocas horas se encuentre a alguien dispuesto a hacerse cargo de un animal y el veterinario recurrió a todas las personas que alguna vez le habían dicho que les gustaría tener un animal de compañía, pero era tan pequeño que nadie se comprometía a adoptarlo.

Después de tres horas intentándolo, el veterinario pensó en un joven pastor que tenía varios perros y seguro que uno más, no le iba a crear problemas y le llamó invitándole a que pasara por el albergue para ver al animal.

Jugaba con ventaja porque sabía que cuando alguien ve a un cachorro tan desvalido, generalmente se compadece de él y es muy difícil que se niegue a adoptarlo y así fue, cuando Andrés vio a aquella bolita peluda que trataba de mamar de la jeringuilla como el instinto le había transmitido, dijo que lo pondría con una perra que tenía cachorros y seguro que no le rechazaba y le criaría con los que tenía.

He de confesar que el alivio y el júbilo que todos sentimos en ese momento, cuando vimos que Andrés se marchaba con el cachorro, fue de los que consiguen poner un nudo en la garganta.

Ese día, los chupitos no fueron por el Camino sino que los brindis fueron por el cachorro que había encontrado a alguien que le adoptara y de esa forma tuviera una oportunidad de seguir viviendo.

Pero Max estaba triste, se encontraba apenado porque no había podido hacer nada por los otros dos que se habían muerto en sus manos sin que hubiera podido hacer nada por evitarlo.

Tratamos de consolarlo diciéndole que si no hubiera sido por él, los tres se encontrarían muertos y había sido el destino quien le había puesto en el lugar y en el momento de poder salvar una vida.

Por la mañana Max se encontraba un poco más animado y me dijo que si era necesario cuando terminara su camino, volvería para hacerse cargo del perrito si quien lo había acogido no quería tenerlo.

Le dije que estuviera tranquilo, que era una buena persona y lo iba a cuidar muy bien, no obstante mientras seguía su camino, yo le iría dando noticias de la evolución del cachorro.

Como habíamos previsto, esos primeros días en la vida del perrito al lado de otros animales de su especie fue vital para que el animal fuera cogiendo la fuerza necesaria para seguir adelante y seguro que en poco tiempo, como quienes le amamantaron, estará corriendo detrás de las ovejas y de los corderos en la libertad de los horizontes infinitos de la tierra castellana.