almeida – 31 de Julio de 2015.

Coinciden los peregrinos que una de las mayores sensaciones que provoca en ellos el Camino es la libertad que se siente mientras se está caminando sobre él.

            Actualmente en un mundo en el que todo parece estar muy encorsetado, cuando solo tienes la preocupación de ir avanzando cada día y proveerte de las pocas cosas que vas a necesitar, es algo a lo que no estamos acostumbrados y por eso resulta tan especial y muchos de los que lo recorren, disponen de ese tiempo en el que se llegan a desinhibir de una manera especial porque se muestran ante los demás con la espontaneidad y la naturalidad con la que habitualmente no pueden hacerlo.

            En cierta ocasión había dos peregrinas que ya habían recorrido anteriormente el camino y disfrutaban con cada una de las sensaciones que éste les aportaba y para ellas representaba esa válvula de escape que necesitaban al menos una vez al año.

            Eran jóvenes y muy agraciadas, conscientes que iban provocando que muchas miradas se mantuvieran posadas en sus cuerpos incluso segundos después de que hubieran pasado por el lugar en el que estaban esos ojos que se fijaban como lapas.

            Además de caminar, les agradaba mucho el sol que se encontraban cada vez que recorrían el camino porque en su país no era tan generoso como en la península y por ese motivo, las vestimentas que llevaban siempre que caminaban dejaban ver una gran parte de su piel que se iba tostando con el efecto de los rayos del sol.

            Siempre que disponían de algún tiempo en el que permanecían paradas o descansando, buscaban esos rayos que para ellas era media vida y exponían su tersa y suave piel que éstos hicieran su efecto sobre ella.

            En esos momentos eran observadas por todos, pero no les importaba, se sentían cómodas y sobre todo daba la sensación que les gustaba ser admiradas por los curiosos y peregrinos que caminaban con ellas y en varias ocasiones tuvieron que apartar a muchos moscones que no las dejaban la soledad que ellas querían.

            Cuando llegaban al albergue, si éste disponía de un jardín, las peregrinas en lugar de descansar en la litera, extendían sobre la hierba una gran toalla o el saco que llevaban para dormir y en top less exponían una mayor parte de su piel al sol y en esos momentos casi todas las miradas de los peregrinos que se encontraban en el albergue iban furtivamente a admirar aquellos dos cuerpos que el camino había puesto a su paso, era uno de los momentos que a más de uno le gustaba especialmente cada jornada.

            Pero ellas, se habían acostumbrado a esas miradas indiscretas y no les causaba ningún rubor sentirse tan admiradas y porqué no, también bastante deseadas por sus compañeros de Camino.

            Cierto día, acabaron su jornada en un lugar parecido a otros en los que ya habían estado antes y el hospitalero voluntario que las atendió, les dio la bienvenida en su propia lengua lo que agradó a las jóvenes y sobre todo, las encantó que en el patio trasero de aquel lugar había un cuidado jardín con muchos árboles y sobre aquella hierba pasarían el resto de la tarde disfrutando de un sol radiante que hacía ese día.

            De lo que las peregrinas no se percataron es que se encontraban en un convento en donde además del albergue había unas estancias para la docena y media de monjes que en aquel lugar hacían una labor social atendiendo a personas desfavorecidas y por supuesto, los peregrinos que ese día dieron por finalizada también su jornada, a pesar que sabían el sitio en el que se encontraban y las costumbres de las jóvenes tampoco tuvieron mucho interés en explicárselo.

            Como siempre hacían, se dieron una reparadora ducha y se pusieron la parte inferior del bikini y con un pareo que las cubría por debajo de las axilas, fueron a lavar la ropa de esa jornada y buscaron el lugar donde la hierba parecía más fresca y el sol más calentaba y extendieron su toalla y se tumbaron como hacían siempre.

            Una hora después, el hospitalero notaba que los monjes se encontraban inquietos y estaban actuando de una forma extraña porque cada uno de ellos tenía encomendada una tarea en aquel lugar y daba la impresión que ese día todos se habían olvidado de sus quehaceres y se congregaban cerca de los ventanales que daban al huerto, pero no le dio mayor importancia porque él se encontraba haciendo su labor que era recibir a los peregrinos y estaba en la hora en la que la mayoría daban por finalizada su jornada.

            Pero aquel ir y venir de los monjes y sobre todo la forma en la que cuchicheaban y el brillo que se percibía en la sonrisa un tanto picarona que estaban mostrando, hizo que el hospitalero se acercara también al lugar en el que se habían aglomerado la mayor parte de los residentes y estos al verle llegar se dispersaron sigilosa y silenciosamente como si hubieran estado haciendo algo malo.

            El hospitalero observaba la ventana para ver si había algo que llamara su atención pero todo estaba como siempre y cuando se disponía a volver a su puesto porque los peregrinos seguían llegando, sus ojos se posaron en lo que había al otro lado de los cristales y fue cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo.

            Salió precipitadamente al jardín y al llegar al lugar donde las peregrinas se bronceaban tranquilamente, llamó su atención explicándolas en el lugar en el que se encontraban y como los monjes, que no habían visto nunca antes en su vida una teta, y sobre todo, una tan deliciosa como aquellas cuatro que ellas mostraban y los hombres de Dios se encontraban alterados y fuera de sitio.

            Las peregrinas no comprendían aquello que les estaban diciendo y tampoco deseaban verse privadas de la libertad que estaban teniendo y negociaron con el hospitalero un lugar más apartado en el que pudieran estar tomando el sol sin interferir con las costumbres de aquel lugar.

            Tras pensarlo unos momentos, el hospitalero las llevó detrás de una tapia donde al menos estaban alejadas de la vista de los devotos monjes, aunque no les dijo que la ventana que se veía desde aquel lugar era el cuarto del hospitalero que ese día dejó sus obligaciones antes de lo que normalmente acostumbraba a hacerlo.