almeida – 11 de junio de 2014.

En muchas ocasiones, a las once de la mañana comenzamos a ver en las puertas de algunos albergues, algunas filas interminables de mochilas que pacientemente esperan dos y tres horas hasta que abran las puertas para poder coger sitio.

Cuando ya tienen su añorada litera, se pasan la mayor parte del día tumbados sobre ella descansando y durmiendo para ser a la mañana siguiente los primeros que abandonan el albergue.

Es de suponer que no se dan cuenta que con su comportamiento, están fastidiando al resto de los peregrinos que se encuentran descansando en el albergue, digo que es de suponer, porque si se dieran cuenta, habría que echarles del camino, porque en lugar de disfrutar de lo que este les ofrece lo están profanando.

Comienzan a caminar a tientas dos horas antes que asomen por el horizonte los primeros rayos de sol y en lugar de haber ganado dos horas al resto de los peregrinos, han perdido dos horas en las que no han podido ver nada de lo que les ofrece el Camino que están recorriendo.

Pero son animales de costumbres que no aprenden, por muchos consejos que se les den, ellos siguen a lo suyo haciendo oídos sordos de todas las recomendaciones.

Hasta el albergue de Tábara, llegó un peregrino en muy malas condiciones. Tenía la mitad de la cara cubierta con un vendaje que debía cambiarse cada dos días y acudir a un centro médico para que le aplicaran algún tipo de antibiótico para que las heridas no se le infectaran.

Cuando me interesé por lo que había ocurrido, me fueron explicando que era uno de esos peregrinos madrugadores que nunca pensaba en los que estaban con él en el albergue y antes de las cinco de la mañana ya estaba incordiando con las bolsas de plástico y la linterna al resto de los peregrinos que descansaban para recuperarse del esfuerzo del día anterior.

Un día antes de llegar hasta el albergue, en un tramo irregular del camino, se había caído porque no veía por donde estaba caminando y su cara se frenó con una piedra que había en el suelo causándole importantes lesiones.

Como las dos etapas siguientes no iba a encontrar una asistencia médica, le aconsejamos que fuera hasta el servicio de urgencias para hacer la cura que no iba a poder realizar al día siguiente.

Los médicos le aconsejaron reposo, un par de jornadas de descanso le vendrían muy bien para recuperarse y retomar el camino sin tantas molestias como las que sentía en esos momentos.

El peregrino estuvo reflexionando una buena parte de la tarde y me hizo concebir que el sentido común había aflorado y comenzaba a darse cuenta de que no estaba haciendo el Camino de una manera correcta.

Durante la cena comunitaria nos pusimos de acuerdo en la hora en la que el desayuno estaría preparado para los peregrinos y todos estuvieron de acuerdo, incluso el peregrino madrugador.

Pero a la mañana siguiente cuando todos se encontraban tomando el café alrededor de la mesa, él no estaba con el resto de los peregrinos, según manifestaban algunos, no había roto sus costumbres y dos horas antes que los demás ya había abandonado el albergue.

Es una lástima que las enseñanzas que nos va dando el Camino no lleguen a todos los peregrinos, sobre todo a esos que incordian a los demás, pero como decía un sabio hospitalero “El Camino, es el que dice cuando uno tiene que retirarse” y estoy convencido que en otro tropiezo en la oscuridad, a este peregrino, el Camino le había apartado para que no siguiera mancillándolo.