almeida – 30 de mayo de 2014.

Cuando María fue a hacer su primer camino, tenía una buena razón para hacer esta peregrinación. Su fe le decía que tenía que hacer lo que estuviera en su mano para que el cáncer que padecía su hijo fuera controlado y desapareciera.

Nadie en su familia creía que sirviera para nada, quizá es que tampoco tuvieron nunca la misma fe que aquella madre desesperada, pero nadie se atrevió a decirla nada, si la llegaban a convencer para que no lo hiciera y se producía el desenlace que todos esperaban, se sentiría culpable y no lo superaría nunca; además, no perdían nada, únicamente un mes que ella estaría fuera, lo cual también era muy positivo para María ya que los últimos meses apenas se había apartado de la cama del hospital donde su hijo se debatía entre la vida y la muerte.

Todos la acompañaron al aeropuerto, cogería un avión en Varsovia para desplazarse hasta Madrid y una vez en la capital española, iría en autobús hasta las faldas de los Pirineos donde comenzaban a caminar la mayoría de los peregrinos.

Desde que empezó a andar, en todas las iglesias que encontraba abiertas en el Camino, se detenía para rezar una oración por su hijo, todos los esfuerzos le parecían pocos si al final veía cumplidos sus deseos.

Cuando llegó a Santiago, pensó que su esfuerzo había sido como ella esperaba, se encontraba muy cansada y herida, le habían salido numerosas ampollas en los dos pies y no se habían curado, algunas hasta se habían llagado, haciendo que presentara un aspecto lamentable.    Cuando fue al cuarto de socorro, la derivaron directamente al hospital, tuvieron que restañar algunas de las heridas que se había producido. Algunos de los médicos que vieron aquellos pies, no comprendían como en aquellas condiciones había conseguido caminar, pero a veces la fe es como un bálsamo que alivia los mayores males que el ser humano puede tener.

Cada cuatro días llamaba a su marido para contarle como iba su camino y habían quedado que si se producía algún desenlace en el estado de su hijo, fueran ellos los que la llamaran inmediatamente, pero esa temida llamada nunca se produjo, lo que hizo pensar a María que estaba haciendo lo correcto. Ella tampoco les comentó con detalles el estado en el que había llegado a Santiago.

Durante los días que tuvo que permanecer ingresada en el hospital, fue reviviendo de nuevo su camino. En el había coincidido con algunos peregrinos que estaban haciendo su camino por motivos similares por los que lo estaba haciendo ella; y le llamó la atención dos casos que habían perdido a un ser querido, pero María no percibía en ellos tristeza, porque según la aseguraron, sentían la presencia del ser querido la mayoría de los días.

Cuando le dieron el alta, regresó a su país y lo primero que hizo fue ir al hospital a visitar a su hijo, pero no había experimentado ninguna mejoría, continuaba en un progresivo declive que le estaba consumiendo y que, según afirmaban los médicos, no tardaría mucho en llegar el fatal desenlace para el que debían estar todos preparados.

Unos meses después, el hijo de María fallecía como habían pronosticado los médicos que lo atendían. A ella se le hundió el mundo, de nada había servido su esfuerzo, aunque nunca la vieron lamentarse de ello ya que desde que volvió del Camino, se la veía más fuerte porque ella estaba convencida que su hijo solo había cambiado de estado, se encontraba en otra dimensión diferente. Pero como siempre fue un joven  muy bueno, ella estaba segura que allí donde se encontrara, estaría bien y sería feliz.

Nadia, la novia de su hijo, se encontraba desolada, había tanto amor en aquellos jóvenes cercenado de una forma tan drástica, que ahora la vida sin él ya no sería lo mismo, carecía de alicientes después de todos los planes que habían realizado juntos.

Nadia se refugió en María para buscar el apoyo que necesitaba, todos los días iba a su casa y algunas noches se quedaba a dormir en aquel cuarto que ahora estaba vacío. María trataba de superar su dolor para que la joven no se deprimiera más y buscaba su consuelo, aunque resultaba difícil que dos personas tan abatidas se pudieran consolar una a otra.

Un día estuvieron hablando del más allá, las dos eran fervientes católicas y creían en una vida mejor después de la muerte, buscaban consuelo en la idea de que se encontraría feliz en ese otro mundo al que solo accedían los elegidos.

Fue en esas fechas cuando María recordó a aquellos peregrinos que afirmaban que después de perder a un ser querido, en el Camino, conseguían percibir su presencia, ella quería también volver a sentir a su hijo, esta fue una idea que estuvo muchos días rondando su cabeza, aunque no se atrevió a compartirla con nadie.

Un día que Nadia se encontraba muy desolada, tratando de animarla, le dijo lo que en los últimos días estaba rondando su cabeza y lo que en alguna ocasión había escuchado a los peregrinos que caminaban con ella y que también habían perdido a un ser querido.

—Tú crees que podríamos sentirlo —dijo la joven.

—No lo sé, pero no perdemos nada por intentarlo —dijo María.

—Pues por mi parte estoy de acuerdo —dijo Nadia.

—Solo una cosa, creo que sería mejor que no lo comentemos con nadie, no lo entenderían y podrían llegar a pensar que estamos perdiendo la razón —justificó María.

—-Entonces, ¿cómo haremos?, no parece lógico que en esta situación crean que nos vamos de aventura.

—Déjalo de mi cuenta —dijo María —ya se me ocurrirá algo que resulte comprensible y que no origine ningún recelo.

Un día que se encontraban todos juntos en una comida familiar, María carraspeo y dijo a todos:

—Cuando fui al Camino, no conseguí el objetivo que me había propuesto ya que nuestro hijo no se llegó a curar, pero la paz que sentí haciendo ese Camino me está ayudando a superar el desenlace que se ha producido, pero me preocupa Nadia, que lo esta pasando muy mal, creo que a ella le vendría muy bien recorrer ese Camino y buscar en él ese consuelo que tanto necesita.

—Pero fíjate como llegaste —dijo su marido – tenías los pies destrozados.

—Eso era porque no estaba preparada y porque era una inexperta.

—Ella tampoco tiene experiencia —insistió su marido —le ocurrirá lo mismo que te pasó a ti.

—Iré con ella —zanjó María —ahora si cuento con experiencia y sabré cada día hasta donde podemos llegar.

Nadie se atrevió a contradecirla, si después de lo que sufrió haciendo su camino, ahora deseaba volver a padecer lo mismo, tendría una buena razón para hacerlo.

María fue con Nadia a ver a sus padres y fue ella la que les comunicó lo mismo que habían dicho en su casa. Como los padres de la joven querían lo mejor para ella, tampoco pusieron objeciones.

Ahora que tenían la conformidad de todos, era necesario prepararse muy bien para que no tuvieran los problemas que María tuvo que afrontar.

Todos los días caminaban cuatro horas, hasta que al cabo de tres semanas ya se encontraban físicamente preparadas y decidieron que a la semana siguiente se pondrían en camino.

Nadia se había obsesionado con encontrar sitio libre en los albergues. Aunque tenían alternativas previstas por si esto ocurría, no pudo abandonar este temor que era lo que más la preocupaba, tanto, que al final llegó a convertirse en una obsesión y trasladó sus temores a María. Por ese motivo, todos los días procuraban llegar pronto a los albergues para no quedarse sin plaza.

Durante los días que estuvieron caminando, fueron entrando en los mismos templos que María había visitado meses atrás.

No llegaron en ningún momento a sentir la presencia del ser querido, pero si experimentaron una paz muy grande en su alma. Se dieron cuenta que en muchas ocasiones caminaban a su lado personas que llevaban penas superiores a las que ellas padecían, se les veía tan reconfortadas, que sería injusto que ellas mostraran la tristeza que sus almas albergaban.

Cada día se encontraban más reconfortadas, comprendieron que sus vidas habían sido dichosas porque habían tenido en ellas a un ser especial que ahora les estaría observando y se sentiría dichoso al verlas más animadas.

No consiguieron que el temor a quedarse sin sitio se hubiera alejado, incluso cuando llegaron a Santiago, a pesar de hacerlo pronto, seguían teniendo esa sensación. Fueron a un gran colegio que acogía a los peregrinos y en la recepción les entregaron dos números con las literas que les habían correspondido.

Cuando accedieron al gran cuarto, se sorprendieron al ver que en una enorme sala había cientos de literas en varias filas, estaban demasiado cansadas para ponerse a buscar las que les habían correspondido y se dejaron caer en las literas más próximas, produciendo un fuerte estruendo cuando su peso y el de la mochila chocaron con el colchón.

—¡Como vamos a encontrar cuáles son nuestras literas! —exclamó la joven.

—No lo sé, primero déjame que coja aire, luego me quito la mochila y después nos dedicamos a buscarlas —propuso María.

—¿Qué números nos han dado? —preguntó la joven.

—Espera que lo mire —dijo María, buscando los papeles que había guardado en el bolsillo —la treinta y dos y la treinta y cuatro.

—Mira —dijo Nadia señalando un letrero que había en las camas y marcaba esos números —¡hemos hecho diana!

Las dos estallaron en una sonora carcajada y cuando se dieron cuenta de ello, se abrazaron. Llevaban más de un año sin sonreír, el Camino había surtido su efecto.