almeida – 26 de diciembre de 2014.

caza

Es frecuente que en la bodega, cuando las jarras o las botellas de vino van sucediéndose casi sin control, se escuchen algunas de las historias más divertidas que la imaginación puede llegar a

fabricar, aunque no todas están exentas de algo de verosimilitud, pero los efectos del fruto de la vid, suelen hacer que las cosas más sencillas adquieran proporciones que a todos resultan increíbles.

Especialmente divertidas suelen ser las historias que cuentan los pescadores y los cazadores en las que muchas veces no es necesario escuchar lo que se está diciendo, basta con ver los gestos que hacen los protagonistas para imaginarse de lo que están hablando.

Esta es una historia que Emeterio la escuchó en varias ocasiones y como uno de los protagonistas era su padre, le divertía cada vez que se recordaba.

En cierta ocasión, se estaba haciendo una de esas cenas que suelen organizarse después que alguien se haya cobrado alguna buena pieza de caza y va invitando a los amigos, no se lleva ningún control porque hay para todos y muchas veces el que ha sido invitado hace extensiva la invitación reuniéndose al final el doble de los inicialmente previstos, pero esto era algo frecuente y no extrañó a ninguno de los asistentes.

La mayoría eran cazadores, nadie quería perderse ese excelente guiso que se había preparado y mientras iban degustando lo que acogía una gran cazuela de barro, el organizador de la cena haciendo mil gestos explicaba a todos cómo había seguido al animal durante varias horas hasta que vio el momento en el que se encontraba a tiro y de un certero disparo le dio caza.

En la sobremesa, mientras se iban sacando algunas botellas de aguardiente uno y otros comentaban situaciones similares y cada uno aseguraba que la presa más difícil de cazar fue una que él se cobró en cierta ocasión y los brazos por más que los extendiera no resultaban suficientes para explicar las dimensiones de aquella pieza.

El padre de Emeterio, disfrutaba con estas historias, casi todos sus amigos eran cazadores y en ocasiones echaba en falta no poder entrar en la conversación porque a él nunca le había atraído la caza y en estas situaciones se encontraba un tanto desplazado por no poder intervenir como le gustaría en la conversación.

Un buen día, casi sin saber cómo, se hizo con una escopeta, quería sentir como sus amigos, esa sensación que producía la caza y lo primero era proveerse de un arma y con ella, ya podría acompañar a alguno de sus amigos y probar suerte a ver si realmente le gustaba y valía para aquello.

Cuando se encontraban en la bodega, una de esas tardes en las que se habla de todo, de repente puso a los demás al corriente de la adquisición que acababa de hacer y como sabían que no tenía ese don de quienes se habían visto obligados a alimentar a las proles que tenían por detrás con liebres y perdices, enseguida surgió alguno que dijo que aquella escopeta serviría para decoración y poco más.

Pero el padre de Emeterio, no era de los que se arrugaba y enseguida comenzaron a cruzarse apuestas sobre si sería capaz de matar un gorrión o una perdiz, porque todos aseguraban que una de estas aves sería lo máximo a lo que podía aspirar.

Ramiro que era el que más presumía de sus habilidades cinegéticas, le propuso al padre de Emeterio que el siguiente domingo le invitaba a recorrer el monte y hacían el matacuelga, una práctica habitual cuando se cruzaban este tipo de apuestas.

El matacuelga consiste en que dos cazadores se van de caza y lo que uno captura, le toca llevarlo al otro hasta que regresen al pueblo.

El padre de Emeterio no se amilanó y el domingo al despuntar el sol ya iban en dirección al encinar. Ramiro que era buen conocedor de donde se encontraban los animales y sabía las reacciones de cada uno, antes de salir del encinar ya se había cobrado dos liebres y una perdiz que portaba el padre de Emeterio.

Continuaron hacia la solana del romeral y dos nuevas liebres y dos perdices fueron el tributo que Ramiro consiguió en este lugar y por cada sitio que iban, antes que el padre de Emeterio pudiera apuntar a la pieza, escuchaba el certero disparo de Ramiro y veía como la pieza se hacía  un ovillo en el suelo.

Hacia las doce o la una, el padre de Emeterio llevaba por lo menos quince kilos de caza a sus espaldas y a pesar que Ramiro no decía nada, en ocasiones hay silencios que son mucho más elocuentes y ofensivos que cualquier palabra y el cabreo del padre de Emeterio iba en aumento y aquel silencio que lo decía casi todo le estaba hinchando cierta parte de su cuerpo de una manera alarmante.

En ese momento, pasaron junto a un gran rebaño de ovejas que pastaban buscando los brotes tiernos de hierba y el padre de Emeterio pensó que todo tenía un límite y aquella silenciosa sonrisa tenía que apagarla de alguna manera.

Sin encomendarse a nadie, pensó que aquella era la suya, levantó lentamente la escopeta apuntando a la oveja que le parecía más grande y apretó el gatillo ante la incredulidad de Ramiro y del pastor que no podía creerse lo que estaba contemplando.

El padre de Emeterio hizo un gesto a Ramiro para que colgara sobre sus hombros aquella oveja y luego fue donde se encontraba el pastor para decirle que por la noche arreglarían cuentas.

El gesto de Ramiro cambio de una forma radical al tener que cargar con los cerca de cincuenta kilos que pesaba el animal y ahora el silencio lo hacía quien se había sentido tantas horas humillado, que estaba disfrutando de cada metro que les separaban para llegar hasta el pueblo y fue más de una hora en la que a pesar del coste que le iba a suponer aquella captura, disfrutaba viendo como Ramiro apenas podía llevar la carga que estaba sobre sus espaldas.