I

El nuevo siglo no había comenzado con buen pie para Bernard de Rahon, pues se veía obligado a huir y ocultarse de aquellos que, si daban con su paradero, terminarían con su vida, como unos meses antes lo habían hecho con su señor, el Gran Maestre de la Orden del Temple.

Bernard había nacido en el señorío de Rahon, de donde había tomado su nombre, y desde muy joven fue puesto al servicio de su señor. Con él recorrió el país cuando a finales del siglo XIII fue designado para dirigir la Orden de los Caballeros Templarios y siguió a su lado en la campaña contra los infieles, entrando en Jerusalén dos años antes de que el siglo llegara a su fin. Cuando en el año 1.300 llegaron a Alejandría, Bernard, además de ser un leal siervo, se convirtió en el amigo de su señor y también en su mejor consejero. El Gran Maestre, cuando debía tomar alguna decisión difícil, antes de hacerlo, siempre confiaba en el buen criterio de su amigo Bernard, que en muy pocas ocasiones se había equivocado con sus sabios y meditados consejos.

Fueron años durante los cuales el poder que ostentaba su señor le hicieron llegar a ser una persona de cierta influencia, pues siempre se encontraba a su lado y era el filtro que muchas personas de mayor alcurnia debían superar para acceder al Gran Caballero del Temple.

Cuando regresaron a Francia lo hicieron como héroes, no solo tenían el poder que les proporcionaba su posición en la Iglesia, sino que  disponían de un poder económico que les hacía sentirse los hombres más poderosos que había sobre la tierra. Llegó a ser tanta su influencia, que los príncipes de la Iglesia y los reyes eran casi sus iguales. En ese ambiente, Bernard llegó a conocer y a relacionarse con los principales personajes de su época.

Su señor, que tenía fe y confianza ciega en la lealtad de su siervo, le fue dando parcelas de poder por las cuales cada vez dependía más de sus servicios y sus sabios consejos. Era tan perspicaz, que incluso le confió la organización y el control de algunas de las encomiendas que la Orden tenía distribuidas por la cristiandad. Bernard era quien se encargaba de adoctrinar a los preceptores que estaban al cargo de las encomiendas.

Quien ostenta el poder siempre ha procurado que nadie le haga sombra. Cuando la Iglesia y el Estado se sintieron amenazados, decidieron cortar de raíz con la amenaza que el Temple representaba para ellos y en una acción conjunta descabezaron toda la cúpula de este emergente poder que amenazaba con eclipsarles.

Cuando llegó a Bernard la noticia de la detención de su señor, se encontraba en una de las encomiendas que había en el Sur de Francia, y aunque se había librado de correr la misma suerte que su señor, partió de inmediato a la capital francesa para tratar de liberarlo. Todavía era muy grande el poder que tenían y no les aminalaba la decisión de un rey o la de un papa, ya que se sentían con fuerza para levantar un ejército que hiciera frente a la gran afrenta que se había producido.