Bernard pronto se dio cuenta de que el éxodo de las personas que abandonaban la ciudad no era normal, adelantó a numerosas personas, a veces familias completas, que caminaban más lentas que ellos y en ocasiones también fueron adelantados por quienes huían con monturas más veloces.

Los campos de las antes ricas tierras por las que pasaban se encontraban yermos. Unos años atrás las abundantes cosechas hacían que los graneros estuvieran rebosantes, pero las prolongadas y continuas sequías que se habían producido los últimos años habían agrietado las tierras dejándolas casi sin una pizca de verdor. Las cosechas de los últimos tiempos habían ido escaseando cada vez más y cuando pasaban por algún pequeño poblado, las miradas tristes de sus gentes le hicieron ver que lo que estaban padeciendo era una escasez de alimentos que él nunca había conocido.

Cuando llevaban media jornada de viaje, se detuvieron junto a un riachuelo a la sombra de los pocos árboles que pudieron ver ese día. Su anfitrión, Felipe, les había provisto de viandas para varias jornadas, sacaron algunos embutidos del talego que había en una de sus alforjas y se sentaron a comer.

Ahora, con calma, Bernard puso a su mujer al corriente de lo que había visto en la prisión con todo lujo de detalles y le dijo que su señor le había ordenado ir hacia el sur, hasta que él le comunicara que debía regresar. No quiso entrar en los detalles de las órdenes concretas que llevaba, pues pensó que si eran detenidos, cuanto menos supiera Marie, era mejor para protegerla.

               —¿Y mi padre, llegaste a verlo? —preguntó la esposa.

               —No estaba en la misma celda que mi señor, quizá podría estar en otra celda o en otra prisión, pero no te preocupes, seguro que está bien y esto pronto se arreglará.

               —¡Pero, es que ha sido por orden del Rey! —exclamó ella.

               —Sí, pero también los reyes se equivocan y el nuestro ha cometido un error muy grave, tan grave que acabará padeciéndolo —respondió Bernard.

               —Pero, ¿por qué lo han hecho? —preguntó incrédula la mujer.

               —La Orden estaba cada vez adquiriendo más poder, ya solo el poder real y el papal estaban por encima de ella; pero las guerras cuestan dinero. Tanto el Rey como el Papa habían pedido a la Orden más de lo que podían devolver y el temor a que la Orden les dominara es lo que les ha hecho aplastarla. No saben con quién se han enfrentado y terminarán por pagarlo. Ahora descansa y duerme un rato, que todavía nos quedan más de cuatro horas de camino antes de llegar a una posada en la que podamos pasar la noche.

Reiniciaron el camino entre un campo desolado, que por momentos les hizo pensar a los dos que se encontraban en otro país o en otro continente, Bernard creyó en ocasiones que se encontraba en las tierras de Oriente, cuando acompañaba a su señor en una de las cruzadas. Cuando volvió a la realidad pensó que era un castigo divino por las tropelías que se habían cometido contra gente buena, hombres de Dios, que lo único que buscaban era el bienestar de los que por juramento estaban obligados a defender.