Una hora antes de que el sol se ocultara por el horizonte, llegaron a una pequeña aldea en la que buscaron un lugar donde las caballerías y ellos pudieran pasar la noche.

Mientras Marie fue a dejar las cosas en el cuarto que habían alquilado, Bernard despojó a los animales de la carga que llevaban, la dejó a buen recaudo y se encargó que el posadero proporcionara alimento a los animales.

Cuando se hubieron refrescado, se asearon de todo lo que sus cuerpos habían acumulado a lo largo del día; oyeron como la mujer del posadero decía en voz alta que se iba a servir la cena para quienes lo desearan y contaran con medios para pagarla.

La posada era una casa de dos plantas, en la superior había cuatro cuartos y en cada cuarto había una cama de madera. Se podía reservar el cuarto completo, pero  en el caso de algunas familias y grupos que caminaban juntos, se les cobraba por cada persona que pernoctaba, aunque durmieran en el suelo. En la planta baja había un mesón, en el cual algunos lugareños apuraban lentamente un vaso de vino mientras conversaban sobre la mala situación que había en los campos y rezaban por esa agua milagrosa que les permitiera salvar la cosecha que apenas habían podido sembrar.

En dos destartaladas mesas de madera con bancos corridos se iban situando las personas que iban a pasar la noche en aquel lugar, algunas habían extendido sobre la mesa sus atados con las escasas viandas que llevaban encima, otros, los que disponían de medios, esperaban a ver que era lo que la posadera les ofrecía para cenar.

Bernard y su esposa se sentaron en la mesa que había a la derecha, frente a ellos se sentó un hombre robusto que viajaba en compañía de dos chicas y un joven que parecían sus hijos. La posadera fue dejando unos cuencos de madera junto a las personas que habían manifestado su intención de probar su cena y a continuación fue sirviéndoles una sopa hecha con verdura que a Bernard le pareció muy buena, quizá es que llevaba ya un día sin comer nada caliente y su estomago comenzaba a necesitar algo que lo reconfortara.

               —¿Son peregrinos? —preguntó el hombre robusto mirando a Bernard.

               —¿Cómo dice usted? —respondió —no le comprendo.

               -Qué si van de peregrinación – insistió éste señalando la esclavina que Bernard y Marie llevaban puesta.

Bernard apenas se había dado cuenta del hábito que Felipe les había puesto y en ese momento se percató de la eficacia de la vestimenta. Por primera vez le habían confundido, lo cual le agradó, porque había conseguido pasar desapercibido o al menos que no le identificaran con la persona que era y mucho menos aún con el cometido que tenía que hacer para su señor.

               —Pues sí —respondió —mi esposa y yo vamos como peregrinos en cumplimiento de una promesa que hemos hecho. ¿Ustedes también van peregrinando?

               —Qué más quisiera yo, mi mujer me ha dejado solo con estas tres criaturas —dijo señalando a los jóvenes —se la ha llevado Dios. Que el señor la acoja en su seno —dijo mientras hacía la señal de la cruz —Todavía no ha cumplido los doce años la mayor, el pequeño tiene nueve, y ya los ve, huérfanos: tengo que sacarlos adelante como pueda. La situación para los artesanos es muy difícil, el trabajo se ha terminado en Paris y como el hambre comienza a apretar, hay que buscar otros sitios en donde poder ganarse la vida.

               —¿A qué se dedica? —preguntó Bernard.