—Me parece bien, mañana veremos el lugar y buscaremos el mejor sitio donde pueda pasar desapercibido.

               —¿Cuánto tiempo pensáis quedaros?

               —En el momento que haya cumplido la misión que me ha traído aquí, partiré, es mejor que no os cuente detalles de dónde me dirigiré para vuestra seguridad, la mía y la de Marie.

Después de una cena ligera, esa noche Bernard durmió como no la había hecho desde que salió de Paris, ahora estaba entre amigos y se sentía seguro.

Por la mañana el olor a pan recién hecho despertó a Bernard, quien se dirigió a la cocina en la que se encontraba el sacerdote preparando un suculento almuerzo. Los dos se sentaron a la mesa y degustaron los productos que los monjes de un monasterio cercano producían para toda la comunidad religiosa de la ciudad.

Sin perder tiempo se dirigieron a la catedral, el edificio era imponente, la Orden se había volcado cuando los recursos no llegaban para terminar las obras y al ver el templo, Bernard se sintió muy satisfecho de la colaboración que habían prestado a este proyecto.

Pierre le condujo hasta la capilla que se estaba construyendo en una de las naves laterales del templo.

               —Ha sido una donación de los condes, la condesa quiere que aquí descansen los restos de su esposo y cuando ella fallezca depositemos también los suyos para que permanezcan juntos toda la eternidad.

Bernard miró todos los lugares en los que se estaban colocando grandes bloques de sillería y observó dos huecos que había en el suelo.

               —¿Qué se va a colocar aquí? —preguntó.

               —En el lateral, en el más grande van los pilares sobre los que se asentará un sepulcro de piedra que un cantero está finalizando y en el más pequeño que hay a la entrada se colocará una pila con agua bendita.

Bernard calculó el espacio de este segundo hueco, tenía unos ochenta centímetros en cada uno de sus cuatro lados, le pareció perfecto para el fin que pretendía, aunque la profundidad era escasa, apenas cincuenta centímetros, que era el tamaño del cofre que le había mostrado antes Pierre, donde guardaba los bienes de la Orden.

               —¿Se puede dar más profundidad a este agujero? —preguntó.

               —No hay ningún problema, como podréis ver, alrededor de la piedra solo hay tierra, por lo que será muy fácil excavar, decidme cuánta profundidad queréis darle y hablo con el maestro de obras para que se encargue de ello.

               —No, mejor lo haremos los dos cuando no haya nadie en las obras. Esta noche cogeremos un pico y unas palas y excavaremos lo suficiente para dejar oculto el cofre, mañana, cuando lleguen los obreros, se encontrarán esto igual que está ahora.

Esa noche, después de la cena, Bernard y Pierre se dirigieron hacia la capilla y mientras Bernard iba picando y extrayendo la tierra, Pierre se encargaba de ir depositándola fuera del templo para que no quedara ningún resto de la excavación que estaban haciendo.

Cuando vio que el cofre podía encajar en el espacio que habían liberado, fueron a por él y lo ocultaron en el agujero, luego lo cubrieron con tierra que fueron prensando con una maza y el cofre quedó oculto; el hueco estaba como lo habían visto unas horas antes.