La mañana era muy fresca, aún permanecían en la vegetación gotas de rocío que se habían acumulado durante la noche, aunque el efecto del astro rey haría que pronto sólo  se quedaran en un recuerdo.

Hasta llegar a su siguiente destino tenían por delante al menos seis o siete días, por lo que pronto buscarían compañía, creían que era más seguro para ellos, también podrían conversar con quiénes viajasen a su lado y así el tiempo se pasaría más rápido.

Al mediodía divisaron a lo lejos un grupo de caminantes y Bernard aceleró un poco azuzando a sus caballerías para ver si en una o dos horas podían alcanzarles. Se trataba de dos matrimonios, Sara y Michael y Madeleine y Jacques. Eran jóvenes, aún no habían cumplido los treinta años y viajaban montados sobre unos asnos, uno de los cuales se hacía constantemente el remolón, no queriendo caminar y deteniéndose cuando no sentía el palo en su lomo para comer las pocas hierbas que encontraba junto al camino.

—Buenas tardes —dijo Bernard.

—Lo mismo os deseamos —contestaron casi al unísono los cuatro.

—Parece que vamos en la misma dirección —comentó Bernard – si os parece podemos seguir juntos.

—No solo en la misma dirección – respondió Jacques —vamos al mismo sitio, nosotros también somos peregrinos y nos dirigimos al fin de la tierra.

—Bueno, nosotros también, pero iremos haciendo algunas paradas por el camino —se excusó Bernard —somos comerciantes y queremos ver si en algunas poblaciones vamos contactando con colegas con los que podamos hacer algún negocio, pero al menos hasta Nevers podemos viajar juntos; si os parece bien.

—Estaremos encantados y, si lo deseáis, podemos dormir juntos. Llevamos una gran lona que nos resguarda del frío y dormimos bajo ella, no podemos pagar lo que nos piden en las hospederías y pensiones que hay en los pueblos. Somos pobres; por eso estamos peregrinando.

—¿Cómo de pobres? —preguntó Bernard.

—Somos agricultores y llevamos varios años sin que la tierra produzca nada. El cura de nuestro pueblo lo achaca a una maldición divina, propuso que una representación del pueblo fuera hasta Santiago y pidiera a todos los santos que se encontraran por el camino que mejoraran nuestras condiciones. Los designados hemos sido Michael y yo y como vamos a estar mucho tiempo fuera de casa, nos acompañan nuestras esposas.

En las zonas en las que el camino era ancho, los tres hombres iban abriendo la marcha y las mujeres, también juntas, iban tras ellos. Marie enseguida congenió con sus dos nuevas compañeras de viaje.

—Cuánto tiempo lleváis de peregrinación —preguntó Marie.

—Tardamos ocho días en llegar desde nuestro pueblo hasta París y de Paris aquí llevamos cinco días, no es nada para lo que aún nos queda, calculamos que tardaremos unos dos meses en llegar y otros dos meses en volver —dijo Sara.

—Eso será si volvemos —afirmó Madeleine.

—No seas negativa —dijo su amiga —desde que salimos llevas diciendo lo mismo, si sigues así no vas a disfrutar del camino y de las experiencias nuevas que estamos teniendo.