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El Secreto mejor guardado Capítulo II g

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—¿Cuándo tenéis pensado poner la pila en este lugar? —preguntó Bernard.

               -Está ya terminada, por lo que si lo deseas hablo con el maestro de obras y le digo que la ponga cuanto antes.

               —Me gustaría, antes de marchar, ver que ha sido el cofre ocultado completamente, asegurarme que nadie remueva lo que hemos excavado y lo encuentre.

               —Pues no se hable más, cuando llegue el maestro hablaré con él y le diré que termine esta parte lo primero.

El trabajo les había llevado casi toda la noche, por lo que cuando llegaron a casa ya estaba clareando el día y en lugar de descansar, prepararon un copioso desayuno que les hizo recuperar las energías que habían gastado excavando.

Bernard se fue un rato con su esposa, cuando volvió a la catedral observó que Pierre estaba hablando con el maestro de obras, aunque desde lejos le dio la impresión que éste no accedía a lo que el sacerdote le pedía pues movía mucho la cabeza de un lado a otro.

               —Eso es lo último que vamos a poner —dijo el maestro.

               —Pues hay que ponerlo ahora y no admito ninguna excusa —manifestó Pierre.

               —Pero no comprende que puede entorpecernos el trabajo, cuando metamos el sepulcro va a entrar muy justo y necesitamos que la capilla este lo más diáfana posible. No comprendo a qué viene tanta prisa y tampoco entiendo por qué se mete en mi trabajo, yo hago la planificación de las obras porque sé como deben realizarse.

El sacerdote no sabía cómo atajar todas las pegas que el maestro le estaba poniendo, lo comprendía y por eso nunca había interferido en su trabajo,  él sabía lo que hacía y, además, lo hacía muy bien.

               —Mire usted —dijo el sacerdote recurriendo a su último recurso —la condesa me ha visitado esta mañana y cree que le quedan muy pocos días de vida, antes de morir quiere venir todos los días a rezar en la capilla cuando no haya nadie. Aunque aún no está consagrada, se encuentra en un lugar santo y desea disponer de agua bendita para santiguarse, es su voluntad y es su capilla.

               —Pues ponemos la pila sin dejarla fija —insistió el maestro de obras.

               —Pero ella es una mujer muy piadosa, desde que hizo la donación no ha interferido para nada en la construcción de su capilla, aprobó sin rechistar el proyecto que le presentaste y no ha dicho nada de algunos cambios que se han realizado. Es lo primero que pide y no podemos negárselo.

Por fin llegaron a un acuerdo y quedaron en dejar fija la pila al día siguiente. Esa tarde cubrieron la arena con piedra, dejando veinticinco centímetros para que la pila quedara encajada, una cuadrilla de obreros se encargó al día siguiente de dejar asentada y fija la pila, ocultando sin dejar rastro de lo que había bajo ella.

Bernard pidió un metro y fue midiendo a la derecha de la base de la pila hasta que llegó a un punto que estaba situado a 3,14 metros e hizo una marca con un trozo de madera que había estado al fuego.

—Quiero —le dijo a Pierre —que en este lugar, cuando estén terminadas las obras pongáis esto.

El sacerdote desdobló el papel que Bernard le había entregado y lo miró detenidamente sin comprender los símbolos que allí figuraban.

            —¿Qué significa esto? —preguntó.

            —La cruz, es el símbolo de la Orden y el signo “pi” que hay en la base de la cruz, es la distancia a la que se encuentra el cofre. He pensado en esto para que si nosotros desaparecemos, haya las suficientes pistas para que alguien de la Orden pueda localizarlo.

Bernard agradeció al sacerdote las atenciones que había recibido y, sobre todo, la lealtad que mantenía. Le comunicó que al día siguiente, a primera hora de la mañana, partirían hacia un nuevo destino.

—Deseáis que os provea de algo —preguntó Pierre —acaso unos animales más acordes con vuestro rango.

—No, querido amigo, debemos pasar desapercibidos y de la forma que viajamos no llamamos mucho la atención, por eso vamos a seguir de la misma forma.

Cuando el sol brincaba en el horizonte, por la puerta sur de la ciudad, dos viajeros abandonaban la villa, montados sobre sus mulas sin aparente prisa.

FIN DEL CAPÍTULO II