—Pero ¿disfrutáis peregrinando? —preguntó Marie.

—Claro —dijo Sara —nunca hemos salido del pueblo y todo es nuevo para nosotras, estamos conociendo sitios que hace un mes ni podíamos imaginarnos, también estamos coincidiendo con gente que es muy agradable y cuando saben que somos peregrinos nos ayudan en lo que pueden. Incluso en algún pueblo nos han dado comida o hemos compartido mesa con gentes piadosas que solo querían que cuando llegáramos rezáramos por ellos. En  algunos sitios no hemos tenido que poner la lona, pues nos han proporcionado algún pajar o un cuarto en el que estar a cubierto de las inclemencias. Y vosotros, ¿cuántos días lleváis de viaje?

—Hemos salido de Paris hace más de una semana, pero como mi marido es comerciante de telas, nos vamos parando en algunos lugares para ver si podemos trabajar con los comerciantes de los pueblos proveyéndoles del género que necesiten. En Orleans hemos estado varios días haciendo estas gestiones y hemos encontrado un distribuidor que venda nuestros productos.

Cuando llegaron al final de la jornada, siempre se detenían una hora antes que anocheciera, se dirigieron a la iglesia del pueblo y le preguntaron al cura dónde podían acampar esa noche. El hombre, al ver que eran peregrinos, les dijo que disponía de una sala en la que guardaba algunas cosas de la iglesia y, si lo deseaban, podían dormir allí, él les proporcionaría unas mantas para que no pasasen frío.

Bernard estuvo a punto de preguntar al sacerdote si había en el pueblo alguna posada, pero creyó que era más prudente dormir con sus nuevos compañeros en el lugar que les habían asignado y así se lo comentó a su esposa, que aceptó la decisión que él había tomado.

Dejaron los animales en un campo cercado que había en la parte trasera de la iglesia y guardaron todas sus pertenencias en la estancia que les habían habilitado.

—Mientras vais acomodándoos, uno de vosotros que venga conmigo por unas mantas. Pondré unas patatas más en el guiso que tengo en la lumbre —dijo el sacerdote.

—Gracias padre, pero no hace falta que nos dé mantas, nosotros tenemos —comentó Michael.

—Iré a por dos para Marie y para mí —dijo Bernard —debemos haberlas dejado en el último lugar donde nos alojamos.

El sacerdote era un hombre mayor, se percibía enseguida que no había sufrido las calamidades del campo, porque su piel era suave y apenas estaba quemada por el sol. Su oronda figura le delataba como un gran gourmet que hacía con pasión sus tres o cuatro comidas diarias.

Los seis se acercaron hasta la cocina, era una estancia sencilla en la que había una mesa de madera y cuatro sillas. El cura se excusó por no tener para todos y puso sobre dos sillas unas tablas en las que se sentaron las mujeres.

—Estoy yo solo y únicamente utilizo una silla, no estoy preparado para las visitas.

—No se preocupe usted —dijo Bernard —así nos arreglamos bien, además, no queremos abusar de su amabilidad.

—Nada hijos, los peregrinos siempre serán bien recibidos en esta casa y lo que haya se comparte, también sois hombres de bien y vais a tener la suerte de estar en presencia de uno de los apóstoles del Señor.

—Eso deseamos —dijo Jacques —aunque a veces nos entra la duda de si podremos llegar a cumplir nuestro objetivo.

—Lo haréis, lo haréis. Cuando se camina con fe, el Señor sabe verlo y siempre ayuda a los que se esfuerzan.

—Pero hemos oído que hay sitios por los que casi es imposible caminar, sobre todo cuando lleguemos a tierras de Navarra.