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El Secreto mejor guardado Capítulo III c

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—Sí, debéis cruzar los Pirineos, allí siempre hay nieve y si los cruzáis ya lo que os queda es mucho más fácil.

—Usted ha ido hasta Santiago —le preguntó Bernard.

—No hijo —dijo el cura —pero por aquí pasan muchos peregrinos que van con ilusión a ver los restos del Santo y muchos de ellos cuando regresan me hacen una visita y me cuentan su experiencia. Mirad —dijo abriendo un cajón —esto es una vieira que se encuentra en el mar del fin del mundo, algunos a su regreso se acuerdan de mí y me traen una de recuerdo.

—Pues nosotros le traeremos seis —dijo Jacques —cada uno traerá una para usted.

—Bueno dejad de hablar y serviros, que tendréis hambre y la sopa hay que tomarla caliente.

En el caldero había abundante verdura con patatas y un pedazo de carne que apenas tenía grasa ya que daba la impresión de haberse utilizado en un guiso anterior, pero el buen hombre compartió con los peregrinos lo que tenía y fue a casa de una vecina por una hogaza de pan pues no disponía para todos. Una vez que terminaron el contenido del caldero, alguno se sirvió más de una ración, el sacerdote saco de la despensa un pedazo de carne ahumada que fue troceando y repartiendo entre sus invitados.

—Está todo exquisito —dijo Marie —se agradece antes de dormir tomar algo caliente, la verdura aporta muchas vitaminas y restituye las fuerzas que hemos perdido.

—Bueno, pues ahora a dormir, que el descanso, por lo que me dicen los peregrinos, es lo más importante, en ocasiones, incluso más que el alimento.

Se despidieron del buen hombre y se fueron a dormir. La experiencia de estar en un cuarto tumbados en el suelo era nueva para Bernard y Marie, los dos pensaban que no podrían conciliar el sueño, pero el cansancio hizo que pronto se quedaran dormidos.

Por la mañana el sacerdote les llamó para decirles que estaba preparado el desayuno. La vecina, que se había enterado que había peregrinos, le había proporcionado una jarra de leche de las ovejas que tenía, un queso y unas pastas para que comenzaran el camino bien alimentados.

—Cuando lleguéis, decid una oración por mí —dijo la mujer, y les dio una vela para que la encendieran en la catedral.

—Lo haremos señora —aseguró Sara —si no es esta vela, porque igual la necesitamos antes de llegar, pondremos otra; pero tendrá su vela consumiéndose lo más cerca que podamos de los restos del Santo.

El sacerdote les pidió que se arrodillaran, los seis peregrinos y la vecina hincaron su rodilla en el suelo mientras el sacerdote balbuceaba algunas frases en latín con las que bendecía la aventura que estaban realizando.

—Amén – dijeron los siete al unísono.

Se despidieron del cura y de la buena mujer con un abrazo y continuaron su camino. Por lo que el sacerdote les había comentado, el sendero era ancho y llano, por lo que podrían avanzar algunos kilómetros más de los que tenían previsto hacer inicialmente.

En la jornada, se fueron alternando las compañías,  de esa forma fueron conociendo a sus nuevos compañeros de viaje. Bernard comprobó que Jacques y su mujer eran unas personas muy devotas, tenían dos hijos que se habían quedado en el pueblo con los abuelos maternos. Les gustaba la labor que hacían cultivando la tierra. Creían firmemente que el esfuerzo que estaban realizando se vería recompensado con una mejoría del tiempo, así las cosechas volverían a ser como antes de la sequía. Michael, en cambio, a pesar de que deseaba tener descendencia, en los cinco años que llevaba casado con su esposa, no había sido bendecido con ningún hijo. Era un agricultor que no disfrutaba con lo que hacía, le gustaba más trabajar con los animales y añoraba, aunque no se lo había contado a ninguno de sus compañeros, encontrar algún lugar a lo largo del camino en el que poder establecerse y trabajar como asalariado. Conocía muy bien a los caballos y sabía como sacar lo mejor que llevaban dentro estos animales, además había aprendido a cruzarlos para conseguir los mejores potros que las sangres diferentes puedan conseguir.