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El Secreto mejor guardado Capítulo III f

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Charles, el prior, reconoció enseguida al recién llegado, aunque nunca había hablado con él. El preceptor que había en esta encomienda había fallecido recientemente, pero Charles recordaba haberle visto con él en alguna visita que había realizado anteriormente. Se presentó como el responsable del priorato y le puso al corriente del fallecimiento de la persona con la que esperaba reunirse.

Bernard se identificó ante aquel hombre, cuya primera impresión no le inspiró mucha confianza. Mi nombre es Bernard de Rahon, vengo en nombre y representación del Gran Maestre de la Orden para ver la situación en la que se encuentra esta encomienda, imagino que su antecesor le pondría al corriente de las cuentas que aquí mantenemos y le avisaría de nuestra periódica visita.

—Yo soy Charles, el nuevo prior, le reconozco de alguna visita que ha realizado anteriormente por el priorato. Permítame primero que les acomode y si le parece, después que hayan comido, podremos hablar y le pondré al corriente de todo.

Les alojaron en unas dependencias que había para el servicio. Se encontraban apartadas de las celdas de los monjes, una vez instalados, acompañaron a Charles, que les condujo hasta un amplio comedor donde acababan de comer los monjes que ahora se encontraban haciendo labores en el campo.

Cuando terminaron de comer, Marie se retiró a descansar y Bernard se quedó a solas con el prior.

—Verá usted, el anterior preceptor se murió repentinamente, una vez que lo enterramos traté de poner en orden las cuentas de la encomienda, pero faltaba mucho dinero. Unos días antes de su muerte, nos visitaron algunos soldados del Rey y se reunieron con el preceptor, no se dé lo que hablaron o si éste les dio una parte de lo que había en la encomienda. Además, nos avisaron que la Orden se había disuelto y todos los bienes pertenecían al Rey y al Papa.

—Pues ya ve que no hay tal disolución, momentáneamente hay algunas personas encarceladas, pero saldrán pronto y debemos tener los recursos disponibles. Según mis cuentas aquí debe haber…

—Aquí no hay nada —interrumpió el prior —había mucho dinero, pero cuando he buscado en las dependencias del preceptor solo encontré este cofre.

—No es ni una quinta parte de lo que debían tener —dijo Bernard observando el contenido del cofre.

—Pues es todo lo que he encontrado. Si queréis quedaros unos días y así juntos buscaremos a ver si encontramos más.

Bernard se retiró al cuarto que le habían reservado con la excusa de que se encontraba muy cansado y llevó consigo el cofre que le había mostrado el prior. Por la ventana de la habitación observó a lo lejos como el prior hablaba con uno de los monjes y éste salía del priorato azuzando un caballo que salió al galope.

Bernard desconfió de las intenciones del monje y apremió a Marie para que se preparara para partir. Cuando el prior les vio con sus pertenencias trató de retenerles en el recinto.

—No pueden marcharse a estas horas, enseguida se va a hacer de noche.

—He cambiado de planes, debo visitar a una persona en Nevers, la dejaré al cargo de este asunto. Mañana vendré con ella antes de las diez, pues debo regresar de inmediato a París, mientras él se encargará con usted de poner en orden las cuentas de la encomienda.

Bernard pensó que le estaban tendiendo una trampa, cogió un camino secundario para llegar a la ciudad, estaba alejado unos cientos de metros del camino principal, era un sendero angosto utilizado por los campesinos que se dirigían a las tierras del interior. Cuando llevaba casi tres horas de camino se confirmaron sus sospechas, por el camino principal consiguió ver la silueta del monje a caballo que regresaba de la ciudad acompañado de media docena de soldados.

Decidió, en lugar de volver al camino, ir hacia el oeste, se apartarían de la ruta principal para evitar que al correr la voz de su huida, les buscaran por el camino principal. Tomaron senderos que en ocasiones no conducían a ningún sitio conocido, pero de esa forma era más seguro para él y para Marie.

No se detendrían en toda la noche para evitar ser reconocidos por alguien, o que los soldados, al ver que no se presentaban a la hora que había dicho, hicieran indagaciones y alguien pudiera delatar el camino que estaban siguiendo. Bernard, estaba seguro de que le buscarían en el camino de Paris, por lo que a pesar del cansancio que tenían no se detendrían en ningún sitio, irían por caminos secundarios y no se pararía a hablar con nadie.

A la hora que había quedado con el prior, ya se encontraba a unos treinta kilómetros al sur de Nevers, creía que cuando pudieran reaccionar, él se encontraría muy lejos.

No quería llevar encima el cofre con tanto dinero, por lo que en una pequeña ermita que había junto al camino se detuvo, después de comprobar que no había nadie en las proximidades, excavó un agujero a poco más de seis metros de la fachada de la ermita. Cuando comprobó que el agujero tenía cerca de un metro de profundidad, depositó el cofre en el interior y tapó el agujero removiendo la tierra y dejando la más seca en la parte que había excavado. Con un pequeño cincel y una piedra fue tallando en la sillería una cruz, en la base de la misma puso el símbolo “2 pi” para marcar que había ocultado el cofre a una distancia de 6,28 metros.

Mientras, en el priorato, viendo que ya pasaba una hora de la cita que habían pospuesto, Charles se dio cuenta del engaño y se lo comunicó a los soldados que se encontraban ocultos en la estancia. Dos de ellos se dirigieron a Nevers para ver si alguien había visto a Bernard y el resto tomaron el camino de París para ver si localizaban a la pareja huida.

FINAL DEL CAPÍTULO III