Se encontraban muy cansados, casi exhaustos. Buscó en una de las alforjas y sacó algo de comida que llevaban en un talego, aunque no tenían pan, el embutido y el queso les ayudarían a recuperarse. Pensó que esa jornada se detendrían pronto y buscarían un lugar dónde poder descansar en una mullida cama.

El siguiente destino se encontraba a nueve o diez días de viaje, cuando llegaran allí ya se encontrarían muy lejos de la capital, para su seguridad eso resultaba fundamental ya que cuanta más tierra pusieran de por medio más seguros se sentirían.

En el primer pueblo por el que pasaron compraron algo de comida para ellos y grano para los animales. Hicieron una buena provisión de alimentos porque no sabían cuándo volverían a encontrarlos. También compraron unas pastas elaboradas con harina fina y almendras trituradas, estaban muy buenas y fueron degustándolas mientras iban haciendo kilómetros.

Hacia las cinco de a tarde ya no podían continuar más, llegaron a una población en la que vieron una posada y decidieron alojarse en ella. Acomodaron las caballerías en la cuadra y les pusieron grano y paja en el pesebre. Bernard subió hasta la habitación en la que Marie ya se encontraba dormida, él también se quedó dormido nada más tenderse en la cama. Le había encargado la cena al posadero y le dijo que lo despertaran cuando estuviera preparada.

A las nueve oyó como golpeaban la puerta, se despertó sobresaltado hasta que reconoció la voz del posadero que les advertía de que en cinco minutos estaría la cena, entonces cayó en la cuenta de dónde se encontraba.

La posada estaba ubicada en la calle principal del pueblo, era una casa de dos pisos que acogía huéspedes. La regentaba un matrimonio y sus dos hijas que contaban cerca de los veinte años. El local ofrecía una limpieza muy esmerada y la mano femenina se notaba en muchos de los detalles que había en cada rincón; unas flores colocadas sobre la mesa, algunos dibujos en las paredes encaladas, que daban sensación de frescor y, sobre todo, de limpieza.

Una de las hijas del posadero les dio las buenas noches, puso una jarra de vino, otra de agua junto a unos cuencos y unos vasos. Dejó dos cucharas de madera y una hogaza de pan reciente que habían elaborado en un horno de leña que había dentro del local.

En una gran fuente sacó una abundante ración de legumbres cocidas sobre las que había extendido un generoso chorro de aceite. A los dos huéspedes les pareció algo exquisito, muy fresco y bien elaborado. Se llenaron los cuencos y cuando terminaron repitieron una segunda ración.

En otra fuente de barro, que se encontraba en el horno, se estaba dorando una pieza de cerdo que desprendía un agradable aroma según la carne se iba asando y quemándose la grasa que la pieza contenía. Cuando ya se encontraba en su punto, con unos paños para no quemarse, el posadero sacó el asado del horno y se lo mostró a Bernard.

—Les parece bien así a los señores.

—Tiene un aspecto estupendo —dijo Bernard.

—Pues no es porque yo lo diga, pero en esta casa los asados son nuestra especialidad y estoy seguro de que los señores no quedaran defraudados.