Salieron del pueblo caminando agarrados de la mano, no tenían prisa y querían saborear cada uno de los instantes de ese maravilloso día, hasta que al cabo de una hora llegaron a un puente donde se subieron encima de sus monturas.

Unos kilómetros más adelante, el corazón de Bernard dio un vuelco, a unos cien metros había un control de soldados que estaban parando a todos los que iban por el camino, registrando las pertenencias que llevaban. Bernard pensó en darse la vuelta, pero ya era demasiado tarde, habían detectado su presencia y si hacía cualquier gesto extraño enseguida les darían alcance. Era una contrariedad, cuando más seguro se sentía y había bajado la guardia podía llegar el momento fatídico de su detención.

—Buenos días —dijo quien estaba al mando de la patrulla.

—Efectivamente —respondió Bernard —hoy es un día excelente para caminar.

—¿De dónde vienen y cuál es su destino?

—Somos dos peregrinos que nos dirigimos a visitar la tumba del Apóstol.

—De dónde vienen —preguntó el soldado.

—Somos de un pueblo al este de Paris, hemos partido hace casi dos semanas y aún nos quedan casi dos meses de viaje.

Mientras tanto, dos de los soldados registraban los baúles que iban encima de las mulas y la ropa que había en su interior, solo encontraron algunas prendas que les delataban como peregrinos. Los documentos que llevaba estaban bien escondidos en el forro de los baúles y el dinero estaba distribuido en lugares que a simple vista eran inaccesibles.

—Ayer pasaron cuatro peregrinos que también iban a Santiago.

—Sí —respondió Bernard —son compañeros nuestros, Michael y Jacques con sus mujeres. Estamos haciendo juntos el viaje pero mi esposa se encontró mal y tuvimos que parar para que descansara, esperamos alcanzarles en un par de días o tres.

—Pues que tengan buen camino y cuando lleguen a su destino recen una oración por nosotros.

—Eso haremos —dijo Bernard mientras ayudaba a Marie a subir en una de las mulas.

Al final había sido una buena idea el camuflaje de peregrinos, pensó Bernard, lo más prudente sería volver a encontrarse con sus antiguos compañeros, los seis pasarían más desapercibidos, pues si el prior había dado la voz de alarma, buscarían a una pareja, por lo cual corrían el riesgo de ser detectados.

La jornada transcurrió sin ningún nuevo contratiempo, continuaron hasta las siete de la tarde y se detuvieron en una posada que había junto al camino en medio del campo. Allí pudieron descansar y sobre todo reponerse del susto que les habían dado los soldados.

Al día siguiente caminaron prácticamente solos, únicamente se encontraron con algunos labradores que estaban realizando sus labores en el campo. Era la época de la siembra, aunque según les manifestó un campesino con el que se detuvieron a hablar, todo lo que hacían era baldío porque la tierra se tragaba el grano que sembraban pero la falta de lluvia no permitía que germinara y brotara el cereal. Poco después de haber comido en el campo, llegaron a una población algo más grande que los pueblos que iban dejando atrás, decidieron que ese día se darían un descanso y se proveerían de algunas cosas que necesitaban. Aprovecharía para ir a rasurarse el pelo y a rasurarse la barba, comenzaban días calurosos y empezaba a encontrarse incómodo y sucio.