Tenían un apetito insaciable, el día había sido muy largo y duro y, a pesar de la abundancia de la comida, consiguieron comerse casi todo lo que les habían servido.

Esto es para que los señores hagan una buena digestión —dijo una de las jóvenes —es un licor que hacen los monjes del convento que es muy digestivo.

Tras la copiosa cena, como habían dormido más de dos horas, decidieron dar un paseo por el pueblo para ayudarles a relajar sus estómagos que estaban llenos.

Cuando regresaron al cuarto, Bernard contempló el cuerpo semidesnudo de Marie y la abrazó, besó con pasión su boca, sus labios se deslizaron hasta su pecho que al sentir el contacto y la calidez de la boca de su esposo ganó en tersura: un cálido escalofrío erizó todo su bello.

Fue acariciando sus muslos hasta que su mano se detuvo en la intimidad de Marie, que contorneaba su cuerpo al ritmo de las caricias que Benard le regalaba. La pasión llegó a su clímax cuando llegaron a ser uno. Se amaron como hacía mucho tiempo no recordaban haberlo hecho. Los gemidos de Marie traspasaron los muros de la habitación llegando a todas las estancias y cuando se desbordó la pasión que Bernard había ahorrado durante mucho tiempo, Marie sintió como una calidez inundaba el interior de su cuerpo. Permanecieron abrazados hasta que el sueño venció a los dos amantes. Toda la tensión acumulada durante el último mes se había aplacado con aquella muestra de amor que tanto necesitaban sus almas, pues se habían quedado relajados y sintieron la felicidad que ambos habían creído perder por las circunstancias que les había tocado vivir.

Esa noche durmieron plácidamente, sus cuerpos descansaron como hacía tiempo  no lo lograban. Por la mañana, juntos, tumbados en la cama con sus cuerpos desnudos, contemplaron un espléndido amanecer.

Sin prisas, se levantaron de la cama y recogieron sus cosas. El posadero, que esperaba su llegada, había dispuesto unas generosas lonchas de panceta que comenzó a freír cuando oyó que bajaban la escalera, preparó también unos huevos fritos que fueron consumidos con mucho placer por sus huéspedes.

La mirada de Marie poseía esa mañana un brillo especial, Bernard se dio cuenta de lo desatendida que tenía a su mujer, eran tantas las preocupaciones que llevaba encima, que no se había percatado del abandono al que la tenía sometida. Fue entonces cuando alabó la decisión de que estuviera a su lado, siempre había sido su sostén, ese que en silencio había sabido equilibrar las situaciones, sobre todo cuando éstas se volvían complicadas.

Se despidieron del posadero y de una de las hijas que estaba limpiando el establecimiento.

—Ha sido un acierto detenernos aquí —le dijo Bernard.

—Ya saben los señores donde tienen su casa.

—No olvidaremos este sitio, cada vez que pase por aquí nos detendremos a descansar y a degustar su buena cocina.

Un mozo sujetaba en la puerta las correas de los animales, que también se mostraban radiantes. Para ellos el descanso había resultado necesario ya que llevaban muchas horas sin hacerlo.