Después de la cena se despidieron de sus compañeros, se encontraban a dos horas de viaje de Vichy, donde Bernard tenía que hacer algunas gestiones relacionadas con su misión. Como se encontraba muy magullado, había decidido no madrugar, por lo que cuando se levantara, ellos seguramente llevarían varias horas de viaje. A Marie le dio pena separarse de nuevo de sus compañeros; sobre todo del joven Joan, de quién se había encariñado como de ese hijo que siempre había añorado.

La sequía también había sido muy dura con la ciudad, los manantiales y las aguas termales que habían dado fama a este lugar se encontraban muy secos. Una tierra que siempre había sido generosa con los cultivos ahora estaba seca y yerma.

Preguntó por el molinero y se dirigieron hacia donde les habían dicho que se encontraba el molino, allí estaba la encomienda de la ciudad y Nicolás, el molinero, era el preceptor que la orden tenía en este lugar.

Bernard se identificó ante el molinero, le mostró el medallón que llevaba de su señor y le puso al corriente de los informes que tenía de aquella encomienda para que el preceptor pudiera identificarle.

—Hace tiempo que no pasa nadie a requerir nuestros servicios – dijo.

—Sí, desde que se ha producido la tropelía por parte del rey no se expiden certificados, además, queremos en lo posible proteger los recursos que aún conservamos.

—Los que hay aquí están a vuestra disposición, podéis darles la utilidad que deseéis.

—Los vamos a ocultar, lo dejaremos aquí pero oculto, es probable que quienes han detenido a nuestros amigos os hagan una visita y no deben encontrar ni apoderarse de nada.

—Si os parece, mañana lo miramos con calma y vemos cuál os parece el mejor lugar para dejarlo, ahora lo mejor es que descanséis mientras se termina de hacer la comida.

El molino estaba situado en el cauce de un caudaloso río, en una ligera pendiente. Se había canalizado y estrechado el cauce para que la decantación del agua hiciera que cogiera la suficiente fuerza y velocidad para mover las pesadas muelas de piedra que trituraban el grano.

Algunos carros esperaban su turno para descargar la mercancía que llevaban, sacos de trigo que los mozos iban descargando y amontonando esperando la vez para pasar a la molienda y ser convertido en harina.

El movimiento era constante y el molino no dejaba nunca de funcionar, había tres turnos día y noche. Además de los mozos que se encargaban de descargar los sacos de grano y cargarlos de nuevo cuando se hubieran convertido en harina, había seis operarios en cada turno que se encargaban del buen funcionamiento del interior del molino, cada uno de ellos con una función muy definida, desde los que se encargaban de la corriente del agua a los que desatascaban las poleas cuando el movimiento más o menos rápido hacía que se atoraran.

Nicolás llamó a dos de los mozos para que llevaran los baúles al cuarto donde se alojarían Bernard y su mujer, mientras él los acompañó a refrescarse y les indicó donde se encontraban las estancias que más pudieran necesitar. Luego les dejó en el cuarto y les dijo que mandaría avisarles cuando la comida estuviera preparada.

Antes de la una, uno de los mozos llamó a la puerta del cuarto:

—Cuándo lo deseen pueden bajar a comer.

—Vamos enseguida —se oyó desde el interior.

Nicolás y su mujer les estaban esperando de pie al lado de la mesa, el molinero les sirvió una copa de vino y levantando su copa dijo:

—Por que vengan tiempos mejores. —Por la lealtad de las buenas personas —dijo Bernard.