Primero fueron hasta el canal por el que el agua se introducía en el molino, había grandes bloques de sillería que habían sido puestos con gran exactitud para que el agua discurriera entre ellos. Había alguno que se encontraba suelto y debían cambiarlo, por lo que cuando los colocaran harían un hueco para dejar en él, el cofre.

A unos metros del molino estaban levantando un silo en el que almacenar el grano y en una de las paredes del silo también podía ocultarse el cofre.

Por último, le mostró un pozo del que extraían agua para su consumo y el de los animales, estaban forrándolo con piedra para levantar un metro aproximadamente desde el suelo para aislarlo y que no corriera el peligro de que alguien se cayera dentro de él, aprovechando la obra, se podía ocultar en la base agrandando la boca que pensaban dejar para que la polea desplazara un cubo que sacara el agua.

Después de ver las tres opciones que tenía, Nicolás vio pensativo a Bernard, no se decidía por ninguno de ellos.

—Si lo desea, sigo buscando algún otro sito.

—No te preocupes Nicolás, los tres están bien, pero creo que ayer vi un lugar que puede ser mejor.

-¿Mejor? —preguntó el molinero.

—Sí, creo que el puente de piedra que hay en el camino, puede ser un lugar perfecto, si podemos arreglar las piedras de la base, donde hay media docena que están sueltas, allí podría ser perfecto.

—No había caído yo en eso, uno de los operarios me dijo hace un mes que había que arreglarlo y ya casi ni me acordaba.

—Pues vamos a verlo y entre los dos lo decidimos.

—Comprobaron que en la base había tres piedras caídas y otras tres que estaban sueltas, las retiraron hasta que llegaron a la tierra y excavaron comprobando que era fácil profundizar en ella. Decidieron volver al día siguiente que no había nadie trabajando en el molino por que era el Día del Señor. Por la mañana, nada más amanecer, con un pico y una pala fueron horadando la tierra hasta hacer un hueco suficiente en el que poder introducir el cofre. Pusieron encima la tierra retirada, con argamasa fueron fijando las piedras unas a otras hasta que repararon los desperfectos que había; no daba la impresión que allí hubiera nada oculto.

Pacientemente, Bernard cogió el cincel y en una de las piedras del puente fue tallando la marca que ponía en cada uno de los lugares en los que dejaba ocultas las pertenencias de la orden, en esta ocasión talló la cruz y en la base puso “½ pi” ya que calculó que el cofre estaba situado a poco más de metro y medio bajo la marca.

Nicolás le dijo a Bernard que le veía muy cansado y que las molestias de la caída aún las estaba acusando; por lo que podía quedarse los días que deseara descansando. Era su casa y estaría encantado de tenerle como huésped, no uno cualquiera, sino un huésped de honor, y cuando viera que estaba recuperado, podía marcharse y seguir su camino.

Bernard hizo caso al molinero y le propuso a Marie que se quedasen tres o cuatro días descansando. Se lo debía a ella, así disfrutarían de ellos y la compensaría del abandono al que la había sometido últimamente, serían días para los dos, para disfrutar de la compañía mutua y sobre todo de su amor. Así, esos cuatro días en el molino se sintieron y se amaron como los días siguientes a su boda.

Cuando se encontró recuperado, le dijo a Nicolás que debía seguir realizando su labor, le hizo ver el medallón que llevaba y le pidió que se fijara bien en él, pues si en alguna ocasión requería de sus servicios y lealtad y él en persona no podía venir, quien viniera en su nombre le mostraría el medallón para hacerse reconocer.

Se despidieron con pena de separarse, pero con la alegría de comprobar que allí dónde se encontraran, sabrían que siempre hay una persona en la que confiar ciegamente.

FIN DEL CAPÍTULO IV