Estaba satisfecho con el nuevo cometido que le habían asignado y ese día se lo pasó pensando como podría organizarse para ser útil, deseaba dejar constancia de su paso por aquel lugar.

Por la noche casi no pudo dormir, a la luz de una vela, fue anotando todas las ideas que pasaban por su cabeza, no quería que se le olvidara nada y cualquier nueva idea que le surgiera la anotaría para llevarla a cabo.

Al día siguiente, a la hora del trabajo, le dijo a Gerard que le acompañara y se fueron hasta el scriptorio donde uno de los hermanos le proporcionó un pergamino en el que iba a establecer el plan de trabajo que había ideado.

—Lo primero que haremos —dijo a Gerard —es hacer un inventario de las tallas que hay en el monasterio, en este inventario recogeremos todas las piezas que haya e indicaremos cuáles son las que necesitan una restauración o una reforma. Buscaremos leña seca, primero miraremos los troncos que hay para quemar en la leñera del monasterio y luego nos iremos al bosque, veremos si hay árboles caídos que estén secos y podamos utilizar, en caso contrario cortaremos algunos para dejar que la madera se vaya secando para poder trabajarla mejor.

Tú te encargarás de buscar pigmentos, yo no sé dónde encontrarlos ni cómo se hacen, para eso hablarás con los monjes que están en el scriptorium, que te enseñen las técnicas que hacen para sus tintas y sus colores en los grabados que hacen; de esa forma vamos a comenzar, yo te enseñaré lo que sé y lo que no sabemos lo aprenderemos juntos.

De las más de cuarenta tallas que había en diferentes lugares del monasterio, al menos quince necesitaban ser restauradas. La mayoría de ellas tenían algún apéndice de una extremidad o sitios delicados que sobresalían del conjunto que se encontraban rotos o astillados (dedos, una nariz, alguna oreja y varias manos) las reemplazarían y las dejarían como estaban inicialmente, a esa labor se dedicarían por las mañanas y durante el trabajo de la tarde irían haciendo nuevas obras.

Solicitó al Abad un cuarto aislado en el que poder poner un taller independiente del que se utilizaba como carpintería, allí podrían llevar las piezas que estaban restaurando y colocar los troncos de más de un metro para las nuevas tallas.

El maestro que estaba en la herrería le proporcionó unas brocas, cepillos de madera y berbiquíes, elaboraría unos formones y escoplos para que pudiera trabajar y moldear la madera.

También el monje que estaba al cargo de la bodega les fue mostrando los diferentes tonos que las hierbas que él utilizaba para hacer los licores daban a éstos cuando maceraban el tiempo suficiente. Fue compartiendo con los dos algunos secretos que las plantas y las hojas tenían cuando se las maceraba y al mezclarlas con el alcohol de la destilación proporcionaba una gama de colores muy variada. Bernard y su ayudante fueron experimentando hasta conseguir los tonos que ellos deseaban. La habilidad de Gerard mezclando con algunas arcillas el líquido que extraía de la mezcla en ocasiones llegaba a asombrar a su maestro.

Fueron trabajando las maderas hasta que el material inerte adoptaba la forma de un dedo o una oreja y hasta que no comprobaban que el resultado era idéntico al que faltaba no lo integraban en la talla. En ocasiones, después de tener la pieza completa y con la aprobación del abad, el perfeccionismo de Bernard, le hacía retirar la pieza que había encajado y preparaba una nueva hasta que se encontraba satisfecho de su trabajo.