Fue enseñando a su ayudante cómo extraer el sobrante de la madera, de tal forma que Gerard le iba desbrozando y vaciando las piezas de madera hasta que él comenzaba a dar forma a la idea que tenía en su cabeza con una meticulosidad digna de admiración.

Según los meses iban transcurriendo el trabajo que hacía estaba dejando todas las imágenes del monasterio como si no hubieran tenido ningún contratiempo. En ocasiones estaba tan centrado en el trabajo y le absorbía tanto que se le olvidaban esos momentos de recogimiento en los que los monjes aplicaban la primera regla de la Orden. Pero el Abad era consciente de su dedicación y en una ocasión habló con él para liberarle de esta obligación.

—He observado que no asistes a todos los momentos de oración que tenemos —dijo el abad.

—Lo lamento, pero cuando estoy terminando un rasgo de la talla o perfilando la imagen, unas veces no me doy cuenta de la hora qué es y en otras ocasiones, cuando estoy aplicando la pintura, si dejo el trabajo debo retomarlo desde el principio.

—Me hago cargo, tu trabajo está siendo muy importante y positivo, por eso quiero que dejes de asistir a las oraciones y te centres en tu trabajo, pero solo tú, el hermano Gerard no está disculpado de su obligación.

—Trataré de seguir asistiendo por lo menos a los laúdes, las vísperas y las completas; durante el resto del día no me moveré del taller hasta que termine el trabajo que tengo pendiente.

—Bueno, pero tampoco hay que hacerlo todo, debe descansar lo necesario, para eso hay otras labores que también es conveniente que realices porque te ayudarán a despejar tu mente.

Pero a pesar de las buenas intenciones de Bernard, transcurrían las horas sin apenas darse cuenta, incluso a veces no se le veía a la hora de la comida o de la cena y el hermano que estaba al cargo de la cocina siempre le dejaba un cuenco con sopa para que la tomara al menos antes de irse a la cama.

Durante este tiempo, los días transcurrieron muy rápidos para Bernard y como tenía su mente ocupada en su trabajo, apenas le dio tiempo a pensar en los motivos que le habían llevado hasta allí. Aunque lo que no podía quitarse de la cabeza era la situación de su querida Marie, deseaba tanto que ella se mantuviera tan ocupada como él.

Según trabajaba, la imagen de Marie era la que tenía constantemente en su cabeza ya que la talla de la virgen que estaba haciendo llevaba su rostro, era una imagen angelical que cada día cuando dejaba el trabajo la acariciaba con las manos antes de ponerle encima un paño que la cubriera.

También estaba trabajando en un Cristo en la Cruz que presidiría la capilla del monasterio, aunque la perfección de su trabajo se observaba en la otra talla en la que apenas tenía que imaginarse como debía aplicar los escoplos y los formones pues los trazos los conocía de memoria porque sus manos los habían recorrido en numerosas ocasiones.

Antes de cumplir los cinco meses de estancia en el monasterio, con la ayuda de Gerard, trasladó la talla a un pedestal que se había asignado para ella en la capilla y la dejó cubierta con un paño. Llamó al prior para decirle que su primera obra estaba terminada, tenía aproximadamente un metro de altura y estaba realizada en madera de roble, de un gran árbol que un rayo había derribado y lo encontró seco en medio del bosque.

—Ya hemos terminado la primera obra —le dijo al prior —querría mostrársela.

—Espera —dijo —qué te parece si después de la eucaristía la descubres y la vemos todos a la vez, entonces estaremos en la capilla todos los monjes, llamaremos también a los de la cocina para que estén presentes.