Quitó un paño que cubría el esbozo de lo que sería un cristo y de otra gran pieza de madera en la que quería tallar la imagen de San Benito; ambos se los mostró al abad.

—Espero que en unos meses estén los dos terminados, como mucho en un año.

—Un año es mucho tiempo, seguramente no los verá terminados porque no estará con nosotros.

—¿Sabe algo, hay alguna noticia?

—De momento no, pero si no hay nada nuevo y no sospechamos que estén en peligro, lo mejor es que en unos meses nos dejen, cruzaran los Pirineos y les acogerán en Navarra o en Castilla. O sea, que no creo que veamos terminada su obra.

—Pero dejo un buen ayudante, él seguirá mi trabajo. Gerard tiene talento y aprende muy rápido, en el momento que él tenga la responsabilidad de hacer las cosas conseguirá superarme.

—Dudo mucho que esa imagen que acabo de ver sea superada.

Bernard abrió la botella que le había dejado el hermano bodeguero y escanciando parte de su contenido en dos vasos, ofreció uno al abad y alzándolo dijo.

—Por la justicia y la libertad.

—Por el arte —respondió el abad.

FIN DEL CAPÍTILO IX