Bernard comentó a su esposa la satisfacción con la que partía de aquel lugar. Le había agradado mucho la fidelidad que el molinero mostraba a la orden. Cuando estuvo a punto de perder el molino por las deudas que le embargaban recurrió a ellos, además de ayudarle, le confiaron las finanzas de la orden para quiénes necesitaran proveerse de medios y viajar con la tranquilidad de no llevar nada encima que les pudieran sustraer.

El siguiente sitio al que debían ir era Lyón. Era una ciudad floreciente que había pertenecido al antiguo reino de Arles, la actividad comercial le estaba dando una pujanza que por su situación la estaba haciendo destacar sobre las poblaciones de los alrededores.

Tenían por delante cerca de cinco días de viaje antes de llegar a la ciudad. Decidieron, al menos la mitad de los días, que aunque se encontraran con más viajeros que iban en la misma dirección no juntarse con nadie, de esa forma podían hablar e incluso hacer algunos planes a corto plazo, pues en una situación tan convulsa como la que estaban sufriendo no podían soñar con planes de futuro.

               —¿Has tenido alguna noticia de París? —preguntó Marie.

               —Todas las noticias que me dan son confusas, nadie sabe nada y en ocasiones lo que llega puede estar viciado de forma intencionada, interesa que todo el apoyo con el que contábamos se vaya diluyendo y quienes son partidarios nuestros comiencen a tener miedo.

               —¿Qué será de ellos? —suspiró Marie.

               —No se atreverán a hacerles nada irreversible, si el rey da el paso de hacerles desaparecer, se enfrentará a mucha gente que no comprenderá su actitud y podría peligrar su trono.

               —Pero el paso que han dado es lo suficientemente grave.

               —A veces, sobre todo cuando se está mal aconsejado, el miedo hace que se tomen decisiones equivocadas y en esta ocasión ha ocurrido así. Tú no te preocupes, ya verás como a tu padre no le va a ocurrir nada y cuando regresemos lo haremos de forma triunfal.

               —Dios te oiga —dijo ella.

Bernard seguía sintiendo algunas molestias, no se le habían pasado los efectos del golpe y las paradas fueron más frecuentes que de costumbre. Decidieron no hacer más de seis horas de viaje cada día hasta que se encontrara recuperado del todo.

Hacia las cinco de la tarde se detuvieron en una población en la que consideraron que había servicios suficientes para cubrir sus necesidades. Sobre todo descansaron, lo hicieron antes de cenar y una vez que se alimentaron volvieron al cuarto para seguir descansando.

El camino por el que viajaban les estaba resultando muy agradable, los días se estaban haciendo más largos y la primavera hacía que todo reluciera con un color especial, los aromas de los campos penetraban en su interior haciendo que aspiraran constantemente tratando de imaginar de qué plantas o arbustos procedían los aromas que les llegaban.

Las jornadas se fueron sucediendo sin apenas contratiempo alguno, de vez en cuando se cruzaban con personas que iban en sentido contrario y otras veces adelantaban o eran adelantados por personas que viajaban en su misma dirección, pero lo hacían a diferentes ritmos que ellos. Les saludaban y seguían adelante sin querer viajar en compañía de nadie.

Cuando les quedaban dos días para llegar a la ciudad, decidieron que era el momento de integrarse en algún grupo de viajeros, en las proximidades de las grandes ciudades los controles de los soldados solían ser más frecuentes y lo más aconsejable era estar arropado con más viajeros, por lo que en el momento que se encontraran con alguien que les inspirara confianza se sumarían a ellos.