—Todo está bien guardado, no he tocado nada desde que me llegaron las noticias de las detenciones, puede llevárselo cuando lo desee.

               —No voy a llevarme nada —dijo Bernard.

               —¡Cómo!, ¿va a dejarlo aquí?

               —Seguirá usted siendo el custodio, lo dejaremos oculto para cuando se pueda necesitar. En el momento que mis superiores me digan que es necesario, entonces vendré a buscarlo. Ahora vamos a cenar juntos y mañana me pasaré por la iglesia para ver dónde podemos ocultarlo, vaya pensando un sitio donde pueda pasar desapercibido.

               —¿Interrumpo? —preguntó Marie.

               —Es mi esposa Marie —dijo Bernard —el padre Antoine que nos va a acompañar en la cena.

Se sentaron en una mesa de madera, en un rincón del local les fueron sirviendo las viandas típicas de la zona que el padre degustaba con mucha avidez y bastante gula.

               -Han dicho cosas terribles de la Orden – dijo entre bocado y bocado.

               —La Orden siempre ha sido fiel a sus principios y a sus reglas, nunca ha dado la espalda a nadie ni jamás lo hará.

               —Eso es lo que he pensado yo —dijo Antoine —pero las noticias que llegan aquí son tan confusas.

               —Pues en estos casos haga caso a su corazón y piense como le hemos respondido cada vez que ha recurrido a nosotros, recuerde lo que siempre hemos hecho cuando nos ha planteado problemas de gente necesitada o cómo hemos defendido la religión y a los peregrinos. Son todo infamias de personas malintencionadas, aunque éstas ocupen puestos de mucho poder. Pero el poder corrompe y quienes lanzan esas acusaciones es porque están corrompidos.

               —Es lo que había pensado yo —repitió de nuevo el sacerdote – pero como no tenía noticias de nadie que me aclarara las dudas que tenía, solo me han llegado las malas nuevas.

               —Bueno, ahora dejemos eso para mañana, disfrutemos de esta cena que parece estupenda y muy apetitosa.

La tertulia que tuvieron después de la cena resultó muy amena pues el cura se ofreció a enseñarles la ciudad si disponían de tiempo suficiente. Les contó cómo se estaba desarrollando la economía de esta rica población, la cual debía su fertilidad a los ríos Ródano y Garona que la cruzaban. Antoine se disculpó unos minutos y salió del local, al cabo de un rato regresó con una botella de licor.

               —Es un licor especial que hacen los monjes, les gustará.

               —Es muy dulce – dijo Marie – con qué está hecho.

               —Es un secreto que solo conocen quienes lo preparan, ni el resto del monasterio lo sabe, solo lo conocen quienes se encargan de su elaboración y la receta no está escrita, se va transmitiendo de los maestros a los jóvenes ayudantes, pero lo hacen verbalmente y bajo el juramento de no revelar el secreto.

               —Pues por los monjes —dijo Bernard alzando la copa —y porque no se pierda nunca el secreto de este elixir propio de los dioses.

               —Y de los santos —dijo el sacerdote.

               —Y de los santos —apostilló Bernard.

Se despidieron quedando en verse a la mañana siguiente, Bernard se acercaría a la basílica para ver cuál era el mejor lugar donde podían depositar los recursos de que disponía la encomienda.

A las nueve Bernard entraba en el templo, el joven sacerdote tenía instrucciones de conducirle nada más que llegara a la sacristía donde se encontraba el cura con un libro en el que tenía registrados todos los movimientos de la encomienda y los certificados que justificaban cada partida.

—Aquí tiene los libros, compruébelos —le dijo Antoine.

—No hace falta, me fío de su palabra, ahora lo más urgente es encontrar un sitio donde poder ocultarlo.

—En los sótanos hay algunas tumbas de santos piadosos que han dirigido la iglesia en la ciudad, podemos bajar a ver si le parece un buen lugar.

Descendieron a una zona que las paredes rezumaban humedad, había algunas telarañas que delataban que hacía mucho tiempo que nadie había accedido a aquel lugar. Una docena de sepulcros con inscripciones en latín reflejaban los personajes que allí reposaban desde hacía más de tres siglos. Bernard pensó que era un lugar muy discreto en el que su secreto podía permanecer oculto. Decidió que el sepulcro que se encontraba al fondo de la estancia podía ser el lugar idóneo para guardar el cofre.

               —Necesito una palanca de hierro para mover la tapa.