—Pero eso es un sacrilegio, son personas muy veneradas y no debemos alterar su descanso.

               —Como son hombres santos, sus almas se encuentran con Dios disfrutando del paraíso, aquí solo quedan sus restos terrenales y tendrán el honor de ser los guardianes de la Orden, o sea, que no se preocupe pues después de muertos van a contribuir a una buena causa.

El cura salió apresuradamente del sótano y unos minutos después regresó con una barra de hierro que tenía aplanada uno de sus extremos.

               —Le sirve ésta —dijo el sacerdote.

               —Es perfecta, ayúdeme para levantar la piedra y trataremos que no se rompa.

Con un fuerte impulso, consiguieron desprender la tapa del sarcófago, una vez que se levantó medio palmo, Bernard introdujo la palanca evitando que se cerrara. Salió algo de aire viciado del interior y cuando los dos hombres se repusieron del esfuerzo, con las manos fueron apartando la pesada tapa de piedra a un lado hasta que comprobaron que el cofre podía introducirse.

Una figura que un día fue un ser vivo se apreció a la luz de la antorcha, la piel estaba muy arrugada y tenía un color marrón claro, en el momento que el aire se introdujo en el sepulcro se evaporó convirtiéndose en polvo, solo se mantenían visibles los huesos del cuerpo que parcialmente se encontraban cubiertos por un manto blanco. En los huesos de la mano derecha brillaba un anillo de oro con el símbolo de la cruz.

Mientras el cura fue a buscar el cofre, Bernard fue colocando los huesos con gran respeto en un extremo del ataúd para dejar sitio a la caja que iban a ocultar y que ésta no dañara los restos que allí había.

Con sumo cuidado dejaron el cofre en el interior y volvieron a colocar la tapa de piedra en el lugar en el que había permanecido tantos siglos. Bernard con el cincel grabó sobre la piedra el símbolo de la cruz y los dos hombres abandonaron el lugar.

Antoine estaba temblando, todo lo que acababa de hacer le parecía tan excitante y a la vez tan irreverente que se encontraba muy confuso.

               —Creo que ahora nos vendría muy bien una copa de ese licor que guarda por ahí —dijo Bernard.

El cura escanció parte del contenido de la botella en un vaso, lo bebió de un trago y se sirvió una nueva copa para tratar de aplacar el temblor que tenía su cuerpo.

               -No se preocupe padre, que no hemos hecho nada malo.

               —Hemos profanado una tumba —dijo aún tembloroso.

               —No padre, no ha habido tal profanación, el sepulcro continúa como estaba y ahora está prestando un servicio a la Orden, mírelo de esta forma y vea el lado positivo.

               -Si tú lo dices hijo, pero es que no estoy acostumbrado a estas cosas.

               —Ahora quiero confesión.

               —Claro hijo, arrodíllate —dijo el sacerdote mientras se ponía una casulla y una estola —de qué quieres arrepentirte hijo.

               —Solo deseo declararle en confesión que he ocultado los bienes materiales de la Orden en el sepulcro de piedra que hay en el sótano, el último que se encuentra en la estancia.

               —Pero eso no requiere ninguna confesión; además, ya lo sé porque te he ayudado a hacerlo.

               —Pero usted ha recibido mediante confesión este secreto que solo conocemos los dos y aunque le obliguen a decirlo, no podrá revelar algo que le ha sido confiado bajo el secreto de confesión.

               —Eres muy listo, de todas formas el secreto no va a salir jamás de mis labios.

               —De esta forma, aunque sea un superior quien le dé la orden de revelar el secreto no podrá hacerlo, no podrá vulnerar lo que en confesión le he revelado.

               —Ego te absolvo —dijo el sacerdote haciendo la señal de la cruz.

               -Amén.

Bernard le mostró el medallón, le dijo que quién lo portara era porque venía en nombre del Gran Maestre y debía confiarle lo que se le había asignado. Quien llevara el medallón sabría cómo encontrarlo por la marca que había dejado en el sarcófago. Nadie más debía conocer el secreto que ahora era de los dos.

Regresó a buscar a Marie y la acompañó a dar un paseo por el pueblo antes de que llegara la hora de la comida. En esta ocasión fueron a la casa del sacerdote que les había invitado a comer en sus estancias que había en un lateral de la basílica.

Como el sacerdote le propuso, esa tarde y al día siguiente lo dedicó a los recién llegados. Les fue enseñando todos los rincones de la ciudad, que a los dos les gustaron mucho. El cura les dijo que aún tenían muchas más cosas que ver, podrían estar toda la semana viendo cosas; pero Bernard se excusó diciendo que partirían al día siguiente. Ya habían pasado tres días allí y aún debían visitar más encomiendas antes que fuera demasiado tarde, por lo que agradecieron las atenciones que les había dispensado y se despidieron de él quedando en volver a verse más adelante, cuando las aguas volvieran a su cauce.

Regresaron a la posada y le dijeron a Gerard que tuviera preparados los animales para el día siguiente, se levantarían al amanecer y a las ocho partirían, después de haber desayunado.

FIN DEL CAPÍTULO V