Estaba resultando todo mucho más fácil de lo que inicialmente Bernard había previsto cuando comenzó su labor. Llegó a pensar que iba a encontrar más reticencias por parte de algunos preceptores. Aunque como en una ocasión su señor le dijo, ‘siempre que se siembra se acaba recogiendo la cosecha’. Puede ocurrir como pasó en el monasterio que las malas hierbas no dejen crecer la simiente y acaben por estrangular su crecimiento, pero siempre hay que confiar en la providencia y en el tiempo que acaba poniendo a cada uno en su sitio.

Vadearon algunas colinas ya que el terreno se estaba volviendo algo irregular, pero tampoco eran dificultades orográficas importantes que ralentizaran en exceso su marcha.

El siguiente destino estaba a cuatro o cinco jornadas de viaje, llegarían el sábado o el domingo, por lo que encontraría seguramente al preceptor en plena faena de las labores religiosas del día del señor. Consideró la opción de detenerse si encontraba algún lugar que mereciera la pena visitar o si descansar uno o dos días con la intención de llegar el lunes.

Cuando el sol se encontraba en su mayor esplendor y más cercano a la tierra, decidieron detenerse a descansar, por lo cual buscaron una zona sombreada en un bosque de robles y hayedos. Las ramas de los árboles proporcionaban esa sombra y ese frescor que tanto se agradece cuando el calor se llega a hacer insoportable, por lo que en un lugar en el que la hierba les proporcionaba un inesperado y suave colchón, se sentaron a descansar.

Bernard cogió unos troncos que algún leñador había cortado y los acercó al lugar que habían elegido para sentarse sobre ellos mientras comían algunas provisiones que llevaban en sus alforjas.

El cansancio y un poco de sopor les hicieron caer en un suave sueño que se vio alterado por un tintineo que se acercaba por el norte. El ruido fue haciéndose cada vez mayor lo que hizo que ambos se incorporaran para ver qué era lo que se acercaba. Los ladridos de los canes y el balar de las ovejas hicieron que desapareciera cualquier temor mientras observaban cómo un rebaño se aproximaba al llano en el que los dos se encontraban.

—A la paz de Dios —oyeron entre una nube de polvo que se había levantado en lo que antes era el camino.

—Que él te acompañe —dijo Bernard.

Cuando el polvo se fue asentando vieron la figura del pastor. Louis era un mozo de unos veinte años, bastante espigado, que conducía un rebaño de unas doscientas cabezas. Mientras se acercaba, se quitó la gorra de su cabeza y con la mano retiró unas gotas de sudor que corrían por su frente.

—Un día caluroso —comentó el joven.

—Demasiado —afirmó Bernard —por eso nos hemos parado a descansar un rato y a ver si pasa un poco el calor.

—Aquí, en la sombra, se está bien; además, los árboles y la humedad que hay hacen que la temperatura baje un poco. Yo siempre a estas horas traigo a este lugar las ovejas, porque si no los pobres animales con todo el calor acaban muy fatigados a lo largo del día.

—Tiene un hermoso rebaño —dijo Bernard.

—No es todo mío, yo solo tengo treinta ovejas, el resto es de la gente del pueblo, como la mayoría se encuentran haciendo tareas en el campo, yo me encargo de sacarlas a pastar. Antes de anochecer vuelvo al pueblo y cada uno se encarga de recoger las que son suyas, las ordeñan y por la mañana, hacia las ocho, vuelvo a reunir el rebaño y pastoreo durante todo el día.

—Tiene que ser duro y aburrido estar todo el día fuera de casa, caminando y haciendo lo mismo.

—¡Qué va! —Respondió el pastor —el campo cambia, nunca es lo mismo y quien sabe mirar las cosas, cada día las ve de una forma diferente, no hay nada más cambiante que el campo, aunque nos parezca que se mantiene inalterable.

Se levantó y dio un silbido muy agudo, lanzando una piedra hacia donde un grupo de cinco o seis ovejas se separaban del rebaño. Enseguida los dos perros se dirigieron hacia donde estaban las ovejas que se habían despistado y con carreras circulares las condujeron de nuevo hasta que se confundieron con el resto del rebaño.