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El Secreto mejor guardado Capítulo VI e

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—Cuente con ello, procuraré dejarla lo más cerca que pueda de los restos del santo y buscaré un sitio para que permanezca allí para siempre, al menos hasta que su hija se mejore y si nosotros no podemos llegar, le encargaré a alguien de confianza para que lo haga por nosotros.

—Se lo agradezco, no le olvidaré —dijo mientras tiraba de las riendas de su caballo para volver a su puesto en el fondo de la formación.

Cuando llegaron al centro del pueblo, los soldados dejaron al grupo y regresaron de nuevo al bosque, a Bernard y su esposa el susto se les había pasado, aunque la inquietud por estar al lado de los soldados había permanecido varias horas. Decidieron ir hasta la taberna del pueblo para comer y celebrar la suerte que habían tenido con este inesperado contratiempo del que tan bien habían salido.

Los siguientes días transcurrieron sin ninguna contrariedad, fueron cruzándose con los viajeros que normalmente veían desde que salieron de Paris, aunque percibieron un mayor número de peregrinos. Luego supieron la razón de este incremento, les explicaron que en Le Puy-en-Velay se suelen agrupar los peregrinos de toda la comarca o de varias comarcas de la zona y de allí parten en grupos. Siglos antes el obispo Godesalco fue uno de los primeros hombres de Dios que fue a visitar los restos del discípulo del maestro y lo hizo desde ese pueblo, por eso quienes lo hicieron después que él, fueron siguiendo sus pasos y se había creado una importante ruta de peregrinación en la que ya era más frecuente encontrarse todos los días con peregrinos.

Según fueron acercándose a la ciudad les pareció un lugar diferente, destacaban unos grandes peñascos de procedencia volcánica que hacían del lugar un sitio especial y mágico.

—Qué bonito es este lugar —dijo Marie.

—Yo no había estado nunca aquí, pero había oído hablar de él y me habían dicho que poseía una magia especial que no se encuentra en otros lugares. Allí es donde tenemos que ir – dijo señalando una gran mole pétrea volcánica encima de la cual había una iglesia que daba la impresión que de un momento a otro perdería el equilibrio y se derrumbaría.

—¿Y cómo vamos a subir, parece inaccesible?

—Supongo que habrá algunas escaleras para llegar a lo más alto, ahora buscaremos un lugar dónde dejar los animales y donde descansar, mañana ya veremos cómo llegamos a lo más alto.

Les aconsejaron una posada en la que ellos y las bestias iban a estar perfectamente atendidos, les hablaron tan bien del lugar que Bernard pensó que debía tratarse del establecimiento de algún familiar de aquel buen hombre, pues le dio todo lujo de detalles sobre lo confortable de las instalaciones, la limpieza que tenía y, sobre todo, de la buena comida que servía.

Comprobó que el hombre no había exagerado apenas nada porque era como él le había dicho y la amabilidad de la posadera les hacía sentirse como si estuvieran en su casa.

—Suban los señores a la habitación y no se preocupen por nada, enseguida les suben los baúles y llevan los animales a la cuadra, ustedes descansen que vendrán muy cansados. Tienen una jofaina y una palangana para que se aseen y también tienen toallas para que se sequen. A las ocho ponemos la cena, si no quieren bajar a la taberna se la podemos subir a la habitación.

—No se preocupe usted, llevamos varios días sin hablar con nadie y nos vendrá bien estar rodeados de gente.

—Es lo malo de la peregrinación que ustedes hacen, que hay muchos días que están solos y eso no es bueno. Por aquí pasan muchos peregrinos, ya los verán ustedes porque van por el mismo camino y se visten también como van ustedes.

—Pues a las ocho bajamos a cenar que hoy tenemos mucha hambre

La buena señora cerró la puerta dejándolos solos, Bernard pensó que las ropas que llevaban necesitaban un buen lavado y viendo la disponibilidad de la buena señora, quizá ella se encargara de lavarla.

La taberna se encontraba bastante concurrida, era domingo y había más clientela que de costumbre ya que la mayoría ese día lo tenía de descanso. También se encontraron con cuatro hombres que por la indumentaria y los comentarios parecía que llevasen el mismo camino que ellos, al menos hasta que Bernard llegara a la última encomienda que tenía asignada para visitar.

—Está todo a su gusto —dijo la posadera.

—Todo está correcto —dijo Bernard —por cierto, llevamos varios días sin lavar la ropa y quería saber si…