—Que casualidad, yo también soy comerciante, importo de oriente especias y quiero que mi hijo vaya conociendo el negocio y sea él quien se encargue de gestionar esta nueva ruta que nos proponemos hacer.

—Yo aún no sé si cruzaré los Pirineos —dijo Bernard —si logro establecer los suficientes contactos en nuestro país, por el momento me conformaré, ya veremos más adelante si amplío el mercado.

—¡Venga, que nos vamos! —oyeron como les gritaba apremiándoles uno de los peregrinos.

—Parece que no vamos a poder comer con calma —dijo el comerciante.

—Es mejor no hacer paradas muy largas —respondió Bernard, luego cuesta mucho más coger el ritmo.

Cuando salieron, ya estaban esperándoles todo el grupo dispuestos a reiniciar la marcha, se fueron alternando para ir conociéndose, aunque las diferencias sociales les volvían a agrupar enseguida.

Marie, caminó la mayor parte de la jornada con Isabel, la mujer del comerciante. Era de procedencia italiana, de una región del sur. Se habían conocido en uno de los viajes que su marido había realizado por este país. Ella había sido la que le había animado a hacer este viaje, su hijo era bastante retraído e Isabel sabía que si trabajaba con su padre nunca adquiriría la desenvoltura que necesitaba para hacerse cargo del negocio familiar. Pensaba que este viaje le haría volverse más desenvuelto y si comenzaba a encargarse de esta nueva ruta que estaban haciendo, le haría espabilar porque tenía que solucionar por su cuenta los problemas que fueran surgiendo.

Cuando llegaron a un pueblo donde decidieron finalizar la jornada, los monjes fueron hasta la iglesia y el cura, al tener conocimiento que llegaba un grupo de peregrinos, les ofreció que se acomodaran en el pórtico donde estarían más resguardados por si refrescaba mucho durante la noche.

Bernard y la familia del comerciante optaron por irse a la posada y descansar sobre mullidas camas, aunque los animales los dejaron en una cuadra que el cura proporcionó para todo el grupo, no supieron negarse al ofrecimiento que éste les hizo.

El joven debía tener unos diez y ocho años y era tal su timidez que en todo el día no pronunció ni una palabra, solo en alguna ocasión habló con su madre cuando no había nadie junto a ellos.

A la mañana siguiente el vozarrón del peregrino que parecía dirigir a los demás fue encargándose de ir de nuevo organizando el grupo y una vez que estuvieron todos los integrantes reunidos, reiniciaron la marcha.

Bernard fue durante un rato caminando junto a los frailes, aunque les ofreció su montura, ellos declinaron subirse sobre los animales, decían que siempre se desplazaban caminando y ya estaban acostumbrados a caminar. Profesaban y seguían las reglas de San Benito y hacían de la austeridad su modo de vida.

—¿Vienen desde muy lejos? —preguntó Bernard.

—Hemos sido convocados por nuestros superiores en Lyón —dijo el fraile más anciano —Nuestro Obispo ha reunido a toda la comunidad para darnos instrucciones sobre los nuevos cambios que se están produciendo.

—¿Nuevos cambios? ¡Si la iglesia apenas tiene variaciones!, la fe mueve sus actuaciones y apenas ha tenido cambios en los últimos siglos —dijo Bernard.

—Pero debemos estar siempre alerta, hay muchos enemigos que manda el demonio y se introducen en todos los sitios.

—Pero padre, los cimientos de la Iglesia son muy sólidos y es difícil que puedan tambalearse.

—Eso cree usted, fíjese como la Orden que parecía fiel a la doctrina de la Iglesia ha tratado de desestabilizarla, menos mal que todos los que la dirigían están ahora en prisión.

—Pero, la Orden siempre ha estado del lado de la Iglesia, sus votos impedían que sus miembros actuaran en contra de las leyes de Dios y la protección que daban a los peregrinos hacía posible que éstos llegaran a su destino sin contratiempo.

—Nuestros superiores nos han alertado sobre los integrantes de la Orden, debemos ser precavidos porque nunca se sabe las formas que puede tomar el diablo.

Bernard no quiso seguir profundizando en la conversación, no deseaba demostrar un interés excesivo para no crear recelos y volvió a montarse sobre su mula y continúo el viaje junto a su esposa.

Ese día los monjes, al terminar la jornada, se despidieron de los viajeros, su convento se encontraba unas leguas después del pueblo y querían llegar a él antes que la noche se les echara encima. Antes de marcharse bendijeron a todos los integrantes del grupo, deseándoles que encontraran lo que cada uno buscaba en este viaje.