Bernard encargó algunas provisiones a la posadera y se las entregó a Bruno para que las juntara con las provisiones que el grupo llevaba, no deseaban ser todo el tiempo sus invitados.

—Con dos botellas de ese licor hubiera sido suficiente —dijo Bruno.

—Cuando regrese por el monasterio, lo tendré en cuenta y me proveeré de al menos una docena.

—Y si no es posible, que le den la receta.

—Eso sí que es un misterio, que los monjes no lo comparten con nadie, ya traté de conseguirla, pero me dijeron que el secreto no permite que salga de las paredes del monasterio.

Todos se encontraban muy contentos, también Bernard y Marie que estaban perfectamente integrados en este grupo con el que se sentían muy a gusto, ya que sus nuevos compañeros de viaje tenían unos gustos y unos conocimientos muy similares a los suyos.

Los tres días que pasaron juntos, el compañerismo que hubo entre ellos fue estupendo. Bernard y Marie se lamentaron de tener que separarse de este grupo con el que tan bien se encontraban; pero ellos habían llegado a su destino. En Condom se encontraba la última encomienda que debían visitar y desde aquí volverían sobre sus pasos a París. Una vez que su misión se había terminado,  lo haría saber a sus superiores y esperaría las nuevas instrucciones que debía cumplir.

En ocasiones habló con Marie de la peregrinación hacia Compostela. Nunca se lo habían planteado, pero se estaban encontrando con tantas personas que se dirigían hacia allí y se las veía tan satisfechas y dichosas, que les habían contagiado parte del entusiasmo que tenían, pero eso era algo en lo que por el momento no debían pensar, su misión era tan importante y decisiva que no podía defraudar a quien se la había encomendado. Una vez que comprobara la situación de este último lugar, tendría que recibir nuevas instrucciones y dar cumplimiento a las mismas.

A la entrada de Condom se despidieron de sus amigos alemanes, se excusaron diciendo que debían quedarse unos días en la ciudad para solucionar unos asuntos que tenían pendientes y luego continuarían. Como con el carro viajaban más lentos que ellos, seguramente en unos días podrían darles alcance y seguir juntos el camino. Aunque Bernard lo decía para no levantar sospechas ya que sabía que nunca les volvería a ver porque sus caminos seguían senderos distintos y allí se dividían de forma definitiva.

Bernard se dirigió hacia una posada donde se alojarían mientras pasaban los días que estuvieran en la ciudad hasta que dejaran arregladas las cuentas de esta última encomienda que tenía asignada para visitar.

La posada se encontraba en la salida del pueblo y disponía de un espacio muy amplio para los huéspedes. Era una vivienda de tres plantas en donde las dos superiores estaban divididas en cuartos para las personas que allí se alojaban; en la planta baja estaba la vivienda de los dueños del establecimiento y una taberna en la que muchos parroquianos se pasaban las horas que tenían libres alrededor de una jarra de vino; en la parte trasera de la casa había un corral para acoger a los animales y como zona de descanso de los huéspedes, allí había algunos árboles junto a un pozo y era un lugar en el que se estaba muy fresco los días que hacía mucho calor. Bernard reservó una habitación cuya ventana daba a la calle y desde la cual divisaba la mayor parte del pueblo.