—Esa era mi gran preocupación, ¿dónde podíamos esconderla a ella? A una jornada de camino, hay una congregación de monjas, el Prior me ha dicho que la superiora de la orden no pondrá ningún obstáculo para que esté allí como si fuera una novicia más, pero ustedes deberán estar separados el tiempo que sea necesario, hasta que veamos que ya no corren peligro.

—Creo —dijo Bernard mirando a Marie —que eso va a ser lo más prudente, no quiero que mi esposa corra ningún peligro. ¿Cuándo tendremos que marchar?

—Le enseñaré primero dónde se encuentran los bienes guardados y mañana al alba, un monje les estará esperando a la puerta de la posada, les conducirá al Monasterio y allí les estará esperando una monja para llevar a su esposa al convento.

Subieron al coro y vieron el lugar en el que había escondido el cura el cofre, le pareció un sitio muy desapercibido a Bernard, midió desde el centro del coro y le pidió al padre Eustaquio que grabaran en el suelo una cruz y en la base pusieran “3pi”, le hizo un dibujo con el tamaño y lo que deseaba que pusiera y le marcó el lugar exacto en el que deseaba que lo pusiera.

A la hora que les habían dicho, un joven monje estaba esperando en la posada, cuando identificó a las personas que debía guiar hasta el monasterio, les dijo que le siguieran y comenzó a caminar delante de ellos.

En vano, Bernard, trató de que se subiera en el asno que llevaba la carga, pero el monje le dijo que estaba acostumbrado a caminar y era bueno para la salud, además el asno ya llevaba una carga suficiente. La hora escasa que tuvieron de camino el paso del monje se fue adaptando al de los animales, o quizá fuera al revés, pero recorrieron las tres leguas en completo silencio.

En el interior del monasterio, el Abad dio la bienvenida a la visita que acababa de llegar y le dijo a Bernard que se despidiera de su esposa y cogiera sus pertenencias para llevarlas a una celda que le tenían asignada.

—¿No podré verla mientras estemos ocultos? —preguntó Bernard.

—Es mejor que no —dijo el Abad —cuando lo consideremos ya le diremos que pueden verse.

—¿Pero dónde va a estar ella?

—Va a un convento que está a unas veinte leguas, aunque es mejor que cuantos menos detalles conozca, más seguridad tendrán los dos.

Bernard abrazó a Marie y le dio un beso en la frente, la monja que había ido a buscarla, la apremió para que partieran cuanto antes ya que aún les quedaba un tramo importante antes de llegar al convento. Según se iba alejando, Marie se giró para ver cómo su marido se quedaba en aquel lugar y se preguntaba cuándo podría volver a verlo de nuevo.

Fin del capítulo VIII