El viaje de Marie hasta el convento se hizo de forma muy silenciosa, la novicia que le acompañaba no dijo ni una sola palabra desde que se hizo cargo de ella. Al ver que la monja iba caminando, Marie se apeó de la mula que la llevaba y fue andando junto a ella, pero durante las veinte leguas que caminaron juntas, lo único que hubo entre ellas fue un silencio que en ocasiones llegó a ser exasperante.

Tardaron cerca de ocho horas en llegar a su destino. El convento estaba en medio del campo, era una finca que en otro tiempo había estado dedicada a la agricultura. Era fruto de una donación de la señora que habitaba estas tierras, que cuando murió, al no tener descendencia, la cedió a la naciente orden religiosa de Nuestra Señora del Monte Carmelo, fundada siguiendo las enseñanzas y costumbres del eremita Bartolo del Monte Carmelo. Las carmelitas, como eran conocidas las monjas que profesaban esta regla, seguían una orden mendicante que cumplía un voto de pobreza muy riguroso. Hacían una vida contemplativa, dedicada únicamente al seguimiento y lectura de las Sagradas Escrituras y al trabajo. Su lema era “me consume el celo por el señor rey de los ejércitos”.

El convento era una gran casa de dos plantas en la que se había añadido una capilla, estaba rodeada por un gran muro de piedra de dos metros de altura que aislaba a las internas de las miradas indiscretas, dándoles esa intimidad que necesitaban para su completo aislamiento.

Cuando traspasaron la puerta de entrada, la madre abadesa se encontraba esperando a la recién llegada.

—Sé bienvenida hija.

—Gracias madre por vuestra hospitalidad —dijo Marie.

—El Señor nos dijo en sus enseñanzas que debemos acoger a nuestros hermanos, sobre todo a aquellos que lo necesitan. Solo nos limitamos a cumplir sus deseos.

La abadesa acompañó a Marie al cuarto que le habían asignado, era la estancia más confortable de todo el convento, a veces era ocupada por el cura del pueblo cuando venía a confesar a las monjas, el cual se quedaba algunos días cuando sus obligaciones así lo requerían.

El cuarto era más espacioso que las humildes celdas que tenían las monjas, contaba con una cama, dos sillas y una mesa; también disponía de un pequeño armario en el que Marie guardó todas sus pertenencias; en uno de los rincones había una palangana y un toallero para el aseo personal y diario.

—Deseo que la estancia con nosotras sea lo más grata posible para usted. Cualquier cosa que necesite, no dude en pedírmela.

—Gracias madre, está todo muy bien, me sentiré muy cómoda aquí.

Dejó sola a Marie para que se recuperara del viaje y quedaron en hablar al día siguiente cuando hubiera descansado.

El resto del día Marie permaneció descansando en su cuarto. Al verse encerrada entre aquellas cuatro paredes por primera vez lloró con amargura, pensaba en lo que el destino la iba a deparar, también lloró por su padre, ya que aunque no le habían dicho nada, ella presentía que había corrido la misma suerte que su señor.