Pronto se quedó dormida, habían sido tantas emociones contenidas en tan pocos días, que habían conseguido agotarla. Nada más dejarse caer en la cama se sumió en un profundo sueño del que se despertó al día siguiente, cuando escuchó los cánticos de las religiosas.

Cuando bajó a la planta baja, la abadesa la condujo hasta el refectorio y se sentaron en una mesa alargada que era utilizada por las integrantes de la congregación cada vez que se reunían para hacer cualquiera de las tres comidas que tenían cada día.

Aunque las monjas ya habían desayunado y se encontraban realizando sus labores diarias, la abadesa pidió a una de las hermanas que le sirviera un cuenco de leche caliente con una hogaza de pan tierno y mientras Marie fue desayunando, la superiora la puso al corriente de las normas del convento.

—Nuestra vida en este lugar es muy sencilla, únicamente la dedicamos a rezar y a trabajar. La mayor parte de cada jornada estamos realizando una de estas dos tareas. No sabemos el tiempo que permanecerá con nosotras, pero mientras se encuentre aquí, estará exenta de cualquiera de las normas que rigen para las hermanas.

—No deseo contar con ningún trato especial, trabajaré para ganarme el sustento diario – dijo Marie.

—Cómo lo desee, eso la ayudará a mantenerse ocupada y que su estancia no se haga tan larga.

—Haré lo que usted me diga y colaboraré en lo que pueda.

—La hermana Sara se encarga de nuestra huerta, ella le dará instrucciones sobre lo que debe hacer.

La hermana Sara era una monja veterana, llevaba más de veinte años en el convento. Era una persona que siempre se encontraba de buen humor y lo contagiaba a quienes estaban junto a ella.

Todos los días, después de las oraciones de la mañana, se reunían en el refectorio y cada una se dirigía a realizar sus labores. Marie siempre estaba junto a Sara, de ella aprendió a extraer el mejor rendimiento a la porción de tierra de que disponían para el cultivo de verduras y hortalizas que constituían el principal sustento que tenían en el convento.

—La tierra es un bien que Dios nos ha proporcionado —solía decir Sara —y el conocimiento que nos ha dado para saber extraer nuestro alimento de ella, también.

—Amén —decían al unísono quienes se encontraban junto a ella.

La tarea que Marie realizaba colmaba todos sus deseos y se sentía realizada porque su trabajo no solo le proporcionaba el alimento que ella necesitaba, contribuía a alimentar a toda la comunidad.

Seguía a Sara a todos los sitios y cuando ésta se dirigía a los oficios religiosos que tenían a lo largo del día, Marie siempre se encontraba junto a ella, llegando casi a ser inseparables.

Con el trato diario comprobó que Sara poseía una cultura superior a la media del convento. Procedía de una familia acomodada, era la menor de cinco hermanos y desde muy joven se sintió atraída por la vocación religiosa, le apasionaban las vidas de los santos y no tuvo ninguna dificultad para que sus padres, viendo la inclinación que sentía, accedieran a que ingresara en el convento.