En esos días, el abad se desplazó en varias ocasiones a la ciudad. Quería dejar bien atados todos los planes que estaba realizando para poner seguros a Bernard y a su mujer. El sacerdote de la encomienda, con el que se había reunido Bernard, era el confidente del Abad y entre los dos fueron estableciendo el plan de huida.

—Creo que tengo la forma más segura para que salgan de aquí desapercibidos.

—¿Qué es lo que ha pensado? —preguntó el Abad.

—Verá, cada día pasan por aquí más peregrinos. Ellos cuando vinieron lo hicieron camuflados de peregrinos y esa será la forma en la que se marchen. A veces llegan grupos bastante numerosos que pasan por la iglesia, generalmente son grupos heterogéneos que se han ido formando a lo largo del camino; aprovecharemos uno de esos grupos para integrarlos en él.

—Pero, ¿cuándo podremos hacerlo? Tendrán que estar preparados para cuando llegue ese momento, es necesario saberlo con bastante antelación.

—He pensado lo siguiente —dijo el sacerdote —como le he comentado, al tratarse de grupos numerosos su ritmo de marcha es más lento que el de los peregrinos que viajan solos. Los que llegan aquí, suelen detenerse antes en Marsolan, hablaré con Pascal, el párroco encargado de la iglesia de San Michael y cuando llegue un grupo de estas características, enviará a su sobrino con el caballo a avisarme y luego irá a comunicarlo a vosotros. De esa forma, cuando el grupo se vaya a dormir, nosotros ya sabremos que van a venir y dispondremos de más de treinta horas para que Bernard y Marie se acerquen hasta aquí y salgan al día siguiente integrados en el grupo.

—Supongo que es lo mejor que podemos hacer, a mí no se me ocurre nada mejor. Teniendo todo preparado, Bernard y Marie pueden llegar aquí incluso antes que lo hagan los peregrinos.

—Pues dile a Bernard que esté preparado para que en el momento que le avisemos espere la llegada de Marie y sin perder tiempo vengan a estar con migo.

—¿Hay movimientos de soldados en la ciudad? – preguntó el Abad.

—Últimamente se están notando algunos movimientos inusuales, más que antes, se les nota algo nerviosos porque están buscando con insistencia algo que no encuentran, pero no dicen qué es. Como hasta los Pirineos solo hay unos diez días de viaje y su vestimenta les camufla entre la multitud, va a ser difícil que tengan contratiempo alguno.

Cuando regresó al monasterio, el Abad puso al corriente de los planes que habían pensado para su huida y la de Marie. Enviaron a uno de los monjes con instrucciones verbales precisas para que se las transmitiera a la abadesa y estuvieran también preparadas.

Desde ese momento, Bernard y Marie, tenían todo preparado para que en el momento en que llegara el mensajero con las instrucciones, sin perder un momento, Marie en compañía del mensajero se desplazara hasta el monasterio, allí les estaría esperando Bernard y juntos se irían hasta la ciudad, donde el sacerdote ya tendría todo preparado para integrarles en el grupo que saldría al día siguiente.

Como si se tratara de un deseo que no podían reprimir, todos los días, tanto Bernard como Marie, se pasaban las horas muertas mirando a través de la ventana que daba al camino, esperando ese momento en el que llegara el mensajero del destino que les permitiría volver a reunirse y buscar juntos el incierto pero ilusionante destino que los dos tenían por delante.

Unos días antes que transcurriera un mes desde que les comunicaron el plan que se había diseñado, a las doce de la noche, alguien llamaba a la puerta del monasterio.

—¿Quién es? —Se oyó desde el interior.

—Traigo un mensaje urgente para el Abad…

El plan se había puesto en marcha y solo cabía rezar para que todo saliera como habían planificado.

Fin del capítulo XII