Hacia las cuatro de la mañana, la abadesa entró en la habitación de Marie que dormía profundamente, al sentir una mano que zarandeaba suavemente su hombro se sobresaltó.

—Es el momento que esperábamos, debes vestirte, las hermanas bajarán tus cosas a la mula que está preparada para llevarte con tu marido.

Sin gesticular, se acercó hasta la palangana introduciendo sus manos en el agua para llevarla a su cara y refrescarse. La tenue luz de la vela le permitió distinguir a dos hermanas que cogían el baúl y las cosas que se encontraban preparadas y abandonaron el cuarto.

La hermana Ana le había calentado un cuenco de leche y le dio también un pequeño talego de tela con sumo cuidado ya que estaba lleno de pastas recién elaboradas.

—Esto es para el camino —le dijo la hermana Ana.

—Gracias —susurró Marie dándole un abrazo.

—Que Dios guíe tus pasos – dijo la hermana Sara con los ojos humedecidos por las lágrimas.

—Nunca la olvidaré hermana —dijo Marie —rezaré todos los días por usted.

—¡Vamos!, no debemos perder tiempo —apremió la abadesa —todo tiene que ir como estaba previsto para que salga bien, no debes entretenerte porque vais con el tiempo muy justo.

—Gracias por todo madre —dijo Marie abrazando a la abadesa —nunca olvidaré sus cuidados y lo que ha hecho por mí.

—Yo tampoco te olvidaré hija, que Dios te proteja.

Al monje también le habían servido un cuenco de leche caliente y se encontraba impaciente ya que debían estar en el monasterio a media mañana, antes de la hora de la comida pues debían ir luego hasta la ciudad antes que llegara el grupo de peregrinos y tenían que recorrer muchas leguas. Sabía que la mula y el estado en el que se encontraba Marie ralentizaría el ritmo que él había traído.

Ayudaron a Marie a subir a la mula, en su estado debía sentarse con mucho cuidado porque el viaje era largo y debía fatigarse lo menos posible. Salieron del convento dejando atrás tantos seres queridos y tantas vivencias, que el gesto de Marie se entristeció, jamás hubiera pensado que la tristeza superara a la ilusión por volver a reencontrarse con su esposo después de tanto tiempo separados.

El joven monje le comentó a Marie que llevaría un ritmo alto y constante, el que la mula pudiera aguantar ya que debían estar en cinco horas en el monasterio, si deseaba parar para descansar, tenía que decírselo y lo harían ya que de lo contrario solo realizarían una parada para que abrevaran y descansaran los animales.

La mayor parte del camino la hicieron en silencio, la oscuridad inicial fue dando paso a un amanecer radiante que presagiaba un nuevo destino, esperaba que esa nueva vida que hoy comenzaba fuera dichosa y feliz para ella, para su marido y, sobre todo, para el hijo que llevaba en su vientre.