Él corrió hacia donde se encontraba su mujer y ayudándola a descender de la mula, la abrazo y buscó sus labios para besarlos con ansiedad y placer.

—¡Qué ganas tenía de abrazarte!

—Y yo de abrazaros a los dos – dijo poniendo su mano sobre el estómago de Marie.

—¡Ya te lo han dicho! ¿Qué te parece?

—Me parece maravilloso, por fin vamos a tener ese hijo con el que tanto soñabas.

En el monasterio se había formado un gran revuelo, los monjes habían abandonado momentáneamente sus quehaceres, todos se encontraban dispuestos por si se les necesitaba para algo, pero todo estaba preparado. Calculando el tiempo que tardaría en llegar Marie, Bernard, ayudado por Gerard, había bajado hasta el patio todas sus pertenencias y cuando vieron acercarse por el camino a Marie y al monje, ya habían dispuesto todo sobre el asno de carga y sobre la mula con los que llegó al monasterio y se encontraban listos para partir.

El Abad dio la bienvenida a Marie y como disponían de tiempo suficiente, les dijo que entraran en el refectorio y comieran lo que los hermanos les habían preparado.

Mientras los dos comían un cuenco de verduras frescas, el Abad sentado junto a ellos les fue dando los últimos detalles.

—Tardaréis una hora en llegar a la ciudad, allí os dirigiréis directamente hasta la iglesia donde el padre Michael os está esperando. Su sobrino, que fue quien vino a avisarnos, os acompañara para que vayáis directos y no tengáis ningún contratiempo. Durante vuestro viaje hasta cruzar los Pirineos, os encontraréis con varios monasterios de nuestra Orden, os he preparado un documento por si hiciera falta que os ayudaran.

—Gracias por todo lo que han hecho por nosotros —dijo Bernard —siempre estarán presentes en nuestras oraciones.

—Ustedes son buenos cristianos y la acogida que les hemos dado es lo que nuestro Maestro nos enseñó que debíamos hacer.

—Pero la hospitalidad tan incondicional que nos han ofrecido, va más allá de lo que estaban obligados a hacer —dijo Bernard.

—Nunca es suficiente del todo —atajó el Abad —situaciones como las de ustedes no debían producirse nunca.

—Quiero mostrar a Marie la talla que he realizado —le dijo al Abad.

—Siempre que recemos ante ella, nos acordaremos de ustedes.

Condujo a Marie hasta la capilla y fueron seguidos por el Abad y varios monjes que querían ver la reacción de Marie cuando se viera reflejada en aquella imagen.

—Es preciosa —dijo Marie mirando con ternura a su marido.

—Es como tú —respondió Bernard —si no hubiera tenido tu rostro en mi mente, nunca hubiera conseguido tal perfección.

—Bueno —dijo el Abad —ahora sí debéis marchar.

Bernard se fue despidiendo de los monjes que se encontró en su camino hasta donde le esperaban las cabalgaduras. Cuando vio a Gerard, el abrazo fue algo más prolongado y con el Abad se mantuvo unido varios minutos. Alguna lágrima se deslizaron por sus mejillas y de nuevo volvió a agradecer su hospitalidad.

—Sabéis que dejáis a buenos amigos en esta casa en la que siempre habrá un cuarto por si lo necesitáis.